Emiratos Arabes Unidos

©2018 por Rashid Garcia. Todos los derechos reservados

Letras Maradonianas

ME VAN A TENER QUE DISCULPAR

por EDUARDO SACHERI

Me van a tener que disculpar. Yo sé que un hombre que pretende ser una persona de bien debe comportarse según ciertas normas, aceptar ciertos preceptos, adecuar su modo de ser a determinadas estipulaciones convenidas por todos. Seamos más explícitos. Si uno quiere ser un tipo coherente debe medir su conducta, y la de sus semejantes, siempre con la misma e idéntica vara. No puede hacer excepciones, pues de lo contrario bastardea su juicio ético, su conciencia crítica, su criterio legítimo.

 

Uno no puede andar por la vida reprobando a sus rivales y disculpando a sus amigos por el sólo hecho de serlo. Tampoco soy tan ingenuo como para suponer que uno es capaz de sustraerse a sus afectos y a sus pasiones, que uno tiene la idoneidad como para sacrificarlos en el altar de una imparcialidad impoluta. Digamos que uno va por ahí intentando no apartarse demasiado del camino debido, tratando de que los amores y los odios no le trastoquen irremediablemente la lógica. 

Pero me van a tener que disculpar, señores. Hay un tipo con el que no puedo. Y ojo que lo intento. Me digo: no puede haber excepciones, no debe haberlas. Y la disculpa que requiero de ustedes es todavía mayor, porque el tipo del que hablo no es un benefactor de la humanidad, ni un santo varón, ni un valiente guerrero que ha consolidado la integridad de mi patria. No, nada de eso. El tipo tiene una actividad mucho menos importante, mucho menos trascendente, mucho más profana. Les voy adelantando que el tipo es un deportista. Imagínense, señores. Llevo escritas doscientas sesenta y tres palabras hablando del criterio ético y sus limitaciones, y todo por un simple caballero que se gana la vida pateando una pelota. Ustedes podrán decirme que eso vuelve mi actitud todavía más reprobable. Tal vez tengan razón. Tal vez por eso he iniciado estas líneas disculpándome. 

No obstante, y aunque tengo perfectamente claras esas cosas, no puedo cambiar mi actitud. Sigo siendo incapaz de juzgarlo con la misma vara con la que juzgo al resto de los seres humanos. Y ojo que no sólo no es un pobre muchacho saturado de virtudes. Tiene muchos defectos. Tiene tal vez tantos defectos como quien escribe estas líneas, o como el que más. Para el caso es lo mismo. Pese a todo, señores, sigo sintiéndome incapaz de juzgarlo. Mi juicio crítico se detiene ante él, y lo dispensa.  

No es un capricho, cuidado. No es un simple antojo. Es algo un poco más profundo, si me permiten calificarlo de ese modo. Seré más explícito. Yo lo disculpo porque siento que le debo algo. Le debo algo y sé que no tengo forma de pagárselo. O tal vez ésta sea la peculiar moneda que he encontrado para pagarle. Digamos que mi deuda halla sosiego en este hábito de evitar siempre cualquier eventual reproche. 

El no lo sabe, cuidado. Así que mi pago es absolutamente anónimo. Como anónima es la deuda que con él conservo. Digamos que él no sabe que le debo, e ignora los ingentes esfuerzos que yo hago una vez y otra por pagarle. 

Por suerte o por desgracia, la oportunidad de ejercitar este hábito se me presenta a menudo. Es que hablar de él, entre argentinos, es casi uno de nuestros deportes nacionales. Para enzalzarlo hasta la estratosfera, o para condenarlo a la parrilla perpetua de los infiernos, los argentinos gustamos, al parecer, de convocar su nombre y su memoria. Ahí es cuando yo trato de ponerme serio y distante, pero no lo logro. El tamaño de mi deuda se me impone. Y cuando me invitan a hablar prefiero esquivar el bulto, cambiar de tema, ceder mi turno en el ágora del café a la tardecita. No se trata tampoco de que yo me ubique en el bando de sus perpetuos halagadores. Nada de eso. Evito tanto los elogios superlativos y rimbombantes como los dardos envenenados y traicioneros. Además, con el tiempo he visto a más de uno cambiar del bando de los inquisidores al de los plañideros aplaudidores, y viceversa, sin que se les mueva un pelo. Y ambos bandos me parecen absolutamente detestables, por cierto. 

Por eso yo me quedo callado, o cambio de tema. Y cuando a veces alguno de los muchachos no me lo permite, porque me acorrala con una pregunta directa, que cruza el aire llevando específicamente mi nombre, tomo aire, hago como que pienso, y digo alguna sandez al estilo de «y, no sé, habría que pensarlo»; o tal vez arriesgo un «vaya uno a saber, son tantas cosas para tener en cuenta». Es que tengo demasiado pudor como para explayarme del modo en que aquí lo hago. Y soy incapaz de condenar a mis amigos al tórrido suplicio de escuchar mis argumentos y mis justificaciones. Por empezar les tendría que decir que la culpa de todo la tiene el tiempo. Sí, como lo escuchan, el tiempo. El tiempo que se empeña en transcurrir, cuando a veces debería permanecer detenido. El tiempo que nos hace la guachada de romper los momentos perfectos, inmaculados, inolvidables, completos. Porque si el tiempo se quedase ahí, inmortalizando a los seres y a las cosas en su punto justo, nos libraría de los desencantos, de las corrupciones, de las ínfimas traiciones tan propias de nosotros los mortales. 

Y en realidad es por ese carácter tan defectuoso del tiempo que yo me comporto como lo hago. Como un modo de subsanar, en mis modestos alcances, esas barbaridades injustas que el tiempo nos hace. En cada ocasión en la cual mencionan su nombre, en cada oportunidad en la cual me invitan al festín de adorarlo y denostarlo, yo me sustraigo a este presente absolutamente profano, y con la memoria que el ser humano conserva para los hechos esenciales me remonto a ese día, al día inolvidable en que me vi obligado a sellar este pacto que, hasta hoy, he mantenido en secreto. Un pacto que puede conducirme (lo sé), a que alguien me acuse de patriotero. Y aunque yo sea de aquellos a quienes desagrada la mezcla de la nación con el deporte, en este caso acepto todos los riesgos y las potenciales sanciones. 

Digamos que mi memoria es el salvoconducto para volver el tiempo al lugar cristalino del cual no debió moverse, porque era el exacto sitio en que merecía detenerse para siempre, por lo menos para el fútbol, para él y para mí. Porque la vida es así, a veces se combina para alumbrar momentos como ése. Instantes después de los cuales nada vuelve a ser como era. Porque no puede. Porque todo ha cambiado demasiado. Porque por la piel y por los ojos nos ha entrado algo de lo cual nunca vamos a lograr desprendernos. 

Esa mañana habrá sido como todas. El mediodía también. Y la tarde arranca, en apariencia, como tantas otras. Una pelota y veintidós tipos. Y otros millones de tipos comiéndose los codos delante de la tele, en los puntos más distantes del planeta. Pero ojo, que esa tarde es distinta. No es un partido. Mejor dicho: no es sólo un partido. Hay algo más. Hay mucha rabia, y mucho dolor, y mucha frustración acumuladas en todos esos tipos que miran la tele. Son emociones que no nacieron por el fútbol. Nacieron en otro lado. En un sitio mucho más terrible, mucho más hostil, mucho más irrevocable. Pero a nosotros, a los de acá, no nos cabe otra que contestar en una cancha, porque no tenemos otro sitio, porque somos pocos, porque estamos solos, porque somos pobres. Pero ahí está la cancha, el fútbol, y son ellos o nosotros. Y si somos nosotros el dolor no va a desaparecer, ni la humillación ha de terminarse. Pero si son ellos. Ay, si son ellos. Si son ellos la humillación va a ser todavía más grande, más dolorosa, más intolerable. Vamos a tener que quedamos mirándonos las caras, diciéndonos en silencio «te das cuenta, ni siquiera aquí, ni siquiera esto se nos dio a nosotros».

 

HOY TU TIEMPO ES REAL 

por MARIO BENEDETTI

Hoy tu tiempo es real, nadie lo inventa 
Y aunque otros olviden tus festejos 
Las noches sin amos quedaron lejos 
Y lejos el pesar que desalienta. 

Tu edad de otras edades se alimenta 
No importa lo que digan los espejos 
Tus ojos todavía no están viejos 
Y miran, sin mirar, más de la cuenta 

Tu esperanza ya sabe su tamaño 
Y por eso no habrá quien la destruya 
Ya no te sentirás solo ni extraño. 

Vida tuya tendrás y muerte tuya 
Ha pasado otro año, y otro año 
Les has ganado a tus sombras, aleluya

 

10.6 segundos 

por HERNÁN CASCIARI

Menos de once segundos antes, cuando el jugador argentino recibe el pase de un compañero, el reloj en México marca las trece horas, doce minutos y veinte segundos. En la escena central hay también dos británicos y un hombre algo mayor, de origen tunecino. El deporte al que juegan, el fútbol, no es muy popular en Túnez. Por eso el africano parece el único que no está en actitud de alarma atlética.

Se llama Alí Bin Nasser y, mientras los otros corren, él camina despacio. Tiene cuarenta y dos años y está avergonzado: sabe que nunca más será llamado a arbitrar un partido oficial entre naciones.

También sabe que si, doce años antes, cuando se lesionó en la liga tunecina, le hubieran dicho que estaría en un Mundial, no lo habría creído. Tampoco la tarde en que se convirtió en juez: en Túnez no es necesario, para acceder al puesto, más que tener el mismo número de piernas que de pulmones.

Cuando dirigió su primer partido descubrió que sería un árbitro correcto. Fue más que eso: logró ser el primer juez de fútbol al que reconocían por las calles de la ciudad. Lo convocaron para las eliminatorias africanas de 1984 y su juicio resultó tan eficaz que, un año más tarde, fue llamado a dirigir un Mundial.

En México le pedían autógrafos, se sacaban fotos con él y dormía en el hotel más lujoso. Había arbitrado con éxito el Polonia-Portugal de la primera fase, y vigilado la línea izquierda en un Dinamarca-España en donde los daneses jugaron todo el segundo tiempo al achique; él no se equivocó ni una sola vez al levantar el banderín.

Cuando los organizadores le informaron que dirigiría un choque de cuartos —nunca un juez tunecino había llegado tan lejos—, Alí llamó a su casa desde el hotel, con cobro revertido, se lo contó a su padre y los dos lloraron.

Esa noche durmió con sofocones y soñó dos veces con el ridículo. En el primer sueño se torcía el tobillo y tenía que ser sustituido por el cuarto árbitro; en el sueño, el cuarto árbitro era su madre. En el segundo sueño saltaba al campo un espontáneo, le bajaba los pantalones y él quedaba con los genitales al aire frente a las televisiones del mundo.

De cada sueño se despertó con palpitaciones. Pero no soñó nunca, durante la víspera, en dar por válido un gol hecho con la mano. No soñó con que, en la jerga callejera de Túnez, su apellido se convertiría en metáfora jocosa de la ceguera. Por eso ahora dirige el segundo tiempo de ese partido con ganas de que todo acabe pronto.

Ahora el jugador argentino toca el balón con su pie izquierdo y lo aleja medio metro de la sombra. El calor supera los treinta grados y esa sombra, con forma de araña, es la única en muchos metros a la redonda.

Alrededor del campo, acaloradas, ciento quince mil personas siguen los movimientos del jugador pero solo dos, los más cercanos a la escena, pueden impedir el avance.

Se llaman Peter: Raid uno, Beardsley el otro; nacieron en el norte de Inglaterra, uno en el cauce y el otro en la desembocadura del río Tyne; los dos tuvieron, pocos años antes, un hijo varón al que llamaron Peter; los dos se divorciaron de su primera mujer antes de viajar a México; y los dos están convencidos, a las trece horas, doce minutos y veintiún segundos, que será fácil quitarle el balón al jugador argentino porque lo ha recibido a contrapié y ellos son dos: uno por el frente y el otro por la espalda.

No saben que, una década después, Peter Raid hijo y Peter Beardsley hijo serán amigos, tendrán quince y dieciséis años y estarán bailando en una rave de Londres.

Un escocés de apellido O’Connor —que más tarde será guionista del cómico Sacha Baron Cohen— los reconocerá y, en medio de la danza, los esquivará con una finta y un regate. Lo hará una vez, dos veces, tres veces, imitando el pase de baile que ahora, diez años antes, le practica a sus padres el jugador argentino.

Raid hijo y Beardsley hijo no entenderán la broma, entonces otros participantes de la rave se sumarán a la burla de O’Connor y se formará un bucle de bailarines que, en forma de tren humano, esquivará a los muchachos en dos tiempos.

Peter Raid hijo será el primero en comprender la mofa, y se lo dirá a su amigo: «Es por el video de nuestros padres, el de México ochenta y seis».

Peter Beardsley hijo hará un gesto de humillación y los dos amigos escaparán de la fiesta perseguidos por decenas de muchachos que gritarán, a coro, el apellido del jugador que diez años antes, ahora mismo, se escapa de sus padres con un quiebre de cintura.

Muy pronto Raid padre y Beardsley padre dejarán de perseguir al jugador: será el trabajo de otros compañeros intentar detenerlo. Ellos ahora permanecen congelados en medio de una cinta que el tiempo convierte, a cámara lenta, de VHS a Youtube.

Ahora sus hijos tienen cinco y seis años y no recordarán haber visto en directo el primer regate del jugador, pero al comienzo de la adolescencia lo verán mil veces en video y dejarán de sentir respeto por sus padres.

Peter Raid y Peter Beardsley, inmóviles aún en el centro del campo, todavía no saben exactamente qué ha pasado en sus vidas para que todo se quiebre.

Raudo y con pasos cortos, el jugador argentino traslada la escena al terreno contrario. Solo ha tocado el balón tres veces en su propio campo: una para recibirlo y burlar al primer Peter, la segunda para pisarlo con suavidad y desacomodar al segundo Peter, y una tercera para alejar el balón hacia la línea divisoria.

Cuando la pelota cruza la línea de cal el jugador ha recorrido diez de los cincuenta y dos metros que recorrerá y ha dado once de los cuarenta y cuatro pasos que tendrá que dar.

A las las trece horas, doce minutos y veintitrés segundos del mediodía un rumor de asombro baja desde las gradas y las nalgas de los locutores de las radios se despegan de los asientos en las cabinas de transmisión: el hueco libre que acaba de encontrar el jugador por la banda derecha, después del regate doble y la zancada, hace que todo el mundo comprenda el peligro.

Todos menos Kenny Sansom, que aparece por detrás de los dos Peter y persigue al jugador con una parsimonia que parece de otro deporte. Sansom acompaña al jugador argentino sin desespero, como si llevara a un hijo pequeño a dar su primera vuelta en bicicleta.

«Parecía que estuvieras en un entrenamiento, joder», le dirá el entrenador Bobby Robson dos horas después, en los vestuarios. «Ese no eras tú», le dirá su medio hermano Allan un año más tarde, borrachos los dos, en un pub de Dublin.

Kenny Sansom rebobinará mil veces el video en el futuro. Verá su paso desganado, casi un trote, mientras el jugador se le escapa.

Comenzará, en noviembre de ese año, a tener problemas con el juego y el alcohol. En la prensa sensacionalista lo apodarán «White» Sansom, por su afición al vino blanco.

Su único amigo de las épocas doradas será Terry Butcher, quizá porque ambos compartirán el eje de un trauma idéntico.

Butcher es el que ahora, cuando los relatores de radio y los espectadores en las gradas todavía están poniéndose de pie, le tira una patada fallida al jugador que avanza por su banda. Butcher (que en el idioma del rival significa carnicero) perseguirá enloquecido al jugador y le tirará una segunda patada, esta vez con ánimo mortal, en el vértice del área pequeña.

Terry Butcher tampoco superará nunca el fantasma de esos diez segundos en el mediodía mexicano. «Al resto de mis compañeros los regateó una sola vez, pero a mí dos…, pequeño bastardo», le dirá a la prensa muchos años después, con los ojos vidriosos.

Kenny Sansom y Terry Butcher no regresarán a México jamás, ni siquiera a playas turísticas alejadas del Distrito Federal. En el futuro, sin hijos ni parejas estables, tendrán por afición (con casi sesenta años cada uno) juntarse a tomar whisky los jueves por la noche e inventar nuevos insultos contra el jugador argentino que ahora, sin marca, entra al área grande con el balón pegado a los pies.

Antes del inicio de la jugada, un hombre da un mal pase. Con ese error empieza la historia. Podría haber jugado hacia atrás o a su derecha, pero decide entregar el balón al jugador menos libre.

Ese hombre se llama Héctor Enrique y se queda inmóvil después del pase, con las manos en la cintura. Después de ese partido nunca podrá separarse del jugador, como si el hilo invisible del pase vertical se transformara, con el tiempo, en un campo magnético.

Enrique todavía no lo sabe, pero volverá a participar de un Mundial de fútbol, veinticuatro años después y en tierra sudafricana. Será parte del cuerpo técnico de un entrenador que, más gordo y más viejo, tendrá el mismo rostro del hombre joven que ahora corre en zigzag. Y acabará su carrera todavía más lejos, en los Emiratos Árabes, de nuevo a la derecha del jugador al que, hace dos segundos, le ha dado un pase a contrapié.

Durante muchas noches del futuro, en un país extraño donde las mujeres tienen que ir en el asiento trasero de los coches, Enrique pensará qué habría ocurrido si, en lugar de esa mala entrega, le hubiera cedido el balón a Jorge Burruchaga, su segunda opción.

Burruchaga es el que ahora corre en paralelo al jugador, por el centro del campo. Son las trece horas, doce minutos y veinticuatro segundos: está convencido de que el jugador le dará el pase antes de entrar al área, que únicamente le está quitando las marcas para dejarlo solo frente a los tres palos.

Burruchaga corre y mira al jugador; con el gesto corporal le dice «estoy libre por el medio» y mientras espera el pase en vano no sabe que un día, algunos años después, aceptará un soborno en la liga francesa y será castigado por la Federación Internacional. Otra entrega a destiempo. Pero él, congelado en el presente, todavía corre y espera la cesión que no llega nunca.

Días más tarde hará el gol decisivo de la final, pero el mundo solo tendrá ojos y memoria para otro gol. Año tras año, homenaje tras homenaje, el suyo no será el más admirado.

Una noche Burruchaga llamará por teléfono a Arabia Saudita para conversar con su amigo Héctor Enrique, y lamentará, un poco en broma, un poco en serio, aquel gol ajeno que opacó el decisivo de la final. Entonces Enrique verá por la ventana una tormenta de arena y, sin pretenderlo, lo hará sonreír. «No fue para tanto aquel gol», le dirá, «el pase se lo di yo, si no lo hacía era para matarlo».

Dentro del campo de juego el viento sopla a doce kilómetros por hora. Si hubiera soplado a sesenta kilómetros por hora, como ocurrió en la Ciudad de México seis días más tarde, quizás la jugada no hubiera acabado bien.

El avance parece veloz por ilusión óptica, pero el jugador regula el ritmo, frena y engaña. Hay una geometría secreta en la precisión de ese zigzag, un rigor que se hubiera roto con un cambio en el viento o con el reflejo de un reloj pulsera desde las gradas.

Terry Fenwick piensa en las variables del azar mientras se ducha cabizbajo tras la derrota. Sobre todo en una, la menos descabellada.

Antes del partido, Fenwick le aconsejó a su entrenador Bobby Robson que lo mejor sería hacerle, al jugador rival, un marcaje hombre a hombre. Bobby respondió que la marca sería zonal, como en los anteriores partidos.

¿Qué habría ocurrido si Robson le hacía caso?, se preguntará Terry Fenwick desnudo, en la soledad del vestuario, con el agua reventándole las sienes.

En este momento, a las trece horas, doce minutos y veintiséis segundos del mediodía, es él quien ve llegar al jugador con el balón dominado; es él quien cree que dará un pase al centro del área. Fenwick piensa igual que Burruchaga, apoya todo el cuerpo en su pierna derecha para evitar el pase y deja sin candado el flanco izquierdo. El jugador, con un pequeño salto, entra entonces por el hueco libre, pisa el área y encuentra los tres palos.

«Mierda», le dirá a la prensa Terry Fenwick en 1989, «arruinó mi carrera en cuatro segundos». Dos años después del exabrupto, en 1991, Fenwick pasará cuatro meses en prisión por conducir borracho. Dirá, a mediados de la década siguiente, que no le daría la mano al jugador argentino si lo volviera a ver.

En esas mismas fechas una de sus hijas cumplirá dieciocho años. Durante la fiesta, Terry Fenwick la encontrará besándose con un argentino en una playa de Trinidad. Reconocerá la identidad del muchacho por una camiseta celeste y blanca con el número diez en la espalda. Fenwick aún no lo sabe, pero en su vejez dirigirá un ignoto equipo llamado «San Juan Jabloteh» en Trinidad y Tobago, un país que que jugó un solo Mundial, pero que tiene playas.

Fenwick se emborrachará cada día en la arena de esas playas. La tarde del encuentro de su hija con el argentino querrá acercarse al chico para golpearlo. El argentino hará el gesto salir para la izquierda y escapará por la derecha. Fenwick, de nuevo, se comerá el amague.

Ocho pasos, de cuarenta y cuatro totales, dará el jugador dentro del área, y le bastarán para entender que el panorama no es favorable.

Hay un rival soplándole la nuca a su derecha, Terry Butcher; otro a su izquierda, Glenn Hoddle, le impide la cesión a Burruchaga; Fenwick se ha repuesto del amague y ahora cubre el posible pase atrás y, por delante, el portero Peter Shilton le cierra el primer palo.

El norte, el sur y el este están vedados para cualquier maniobra. Son las trece horas, doce minutos y veintisiete segundos del mediodía. Tres horas más en Buenos Aires. Seis horas más en Londres.

En cualquier ciudad del mundo, a cualquier hora del día o de la noche, intentar el disparo a puerta en medio de ese revoltijo de piernas es imposible, y el que mejor lo sabe es Jorge Valdano, que llega solo, muy solo, por la izquierda.

Nadie se percata de la existencia de Valdano, ni ahora en el área grande ni durante la escuela primaria, en el pueblo santafecino de Las Parejas.

Jorge Valdano se sentaba a leer novelas de Emilio Salgari mientras sus compañeros jugaban al fútbol en los recreos, arremolinados detrás de la pelota. El fútbol le parecía un juego básico a los nueve años, pero a los once ocurrió algo: entendió las reglas y supo, sin sorpresa, que los demás chicos no lo practicaban con inteligencia.

Empezó a jugar con ellos y, mientras el resto perseguía el balón sin estrategia, él se movía por los laterales buscando la geometría del deporte.

Y fue bueno. Integró dos clubes del pueblo y pronto lo llamaron de Rosario para las inferiores de Newell’s; debutó en primera antes de los dieciocho. A los veinte era campeón mundial juvenil en Toulon. A los veintidós ya había jugado en la selección absoluta.

Pero en esos años de vértigo nunca amó el juego por encima de todo. Si le daban a elegir entre un partido entre amigos o una buena novela, siempre elegía el libro.

Hasta ese momento de sus treinta años, Valdano no estaba seguro de haber elegido su verdadera vocación. Por eso ahora, que espera el pase, siente por fin que ese puede ser su destino, que quizá ha venido al mundo a tocar ese balón y colgarlo en la red.

Sabe que la única opción del jugador es el pase a la izquierda. No le queda otra salida. Mientras pisa el área piensa: «Si no me la da, largo todo y me hago escritor”.

Pero el jugador entra al área sin mirarlo. Tampoco Butcher, ni Fenwick, ni Hoddle, ni Shilton se enteran de su presencia. Ni siquiera el camarógrafo, que sigue la jugada en plano corto, lo distingue a tiempo.

En el video, Valdano es un fantasma que asoma el cuerpo completo recién cuando el balón está en el vértice del área pequeña. Jorge Valdano todavía no lo sabe, pero al final de ese torneo comenzará a escribir cuentos cortos.

No hay enemigo mayor para un atacante que el portero. El resto de los rivales puede usar la zancadilla rastrera o las rodillas para el golpe en el muslo. No importa, son armas lícitas en un deporte de hombres y el agredido puede devolver la acción en la siguiente jugada.

Pero el portero, el guardavallas, el goalkeeper, el arquero (como el de Lucifer, sus nombres son infinitos) puede tocar el balón con las manos.

El portero es una anomalía, una excepción capaz de deshacer con las manos las mejores acrobacias que otros hombres hacen con los pies. Y hasta ese día ningún futbolista de campo había logrado devolver esa afrenta en un Mundial.

Por eso ahora, cuando el jugador pisa el área y mira a los ojos al portero Peter Shilton (camisa gris, guantes blancos), entiende el odio en la mirada del inglés.

Media hora antes el argentino había vengado a todos los atacantes de la historia del fútbol: había convertido un gol con la mano. La palma del atacante había llegado antes que el puño del guardameta. En el reglamento del fútbol esa acción está vedada, pero en las reglas de otro juego, más inhumano que el fútbol, se había hecho justicia.

Por eso en este momento culminante de la historia, a las trece horas, doce minutos y veintinueve segundos, Peter Shilton sabe que puede vengar la venganza. Sabe muy bien que está en sus manos desbaratar el mejor gol de todos los tiempos. Necesita hacerlo, además, para volver a su país como un héroe.

Shilton había nacido en Leicester, treinta y seis años antes de aquel mediodía mexicano. Ya era una leyenda viva, no le hacía falta llegar a su primer y tardío Mundial para demostrarlo.

Aún no lo sabe, pero jugará como profesional hasta los cuarenta y ocho años. Protagonizará en el futuro muchas paradas inolvidables que, sumadas a las del pasado, lo convertirán en el mejor goalkeeper inglés.

Sin embargo (y esto tampoco lo sabe) en el futuro existirá una enciclopedia, más famosa que la Britannica, que dirá sobre él:

«Shilton, Peter: guardameta ingles que recibió, el mismo día, los goles conocidos como ‘la mano de Dios’ y el ‘del Siglo’».

Ese será su karma y es mejor que no lo sepa, porque todavía sigue mirando a los ojos al jugador argentino que se acerca, y tapa su palo izquierdo como le enseñaron sus maestros.

Cree que Terry Butcher puede llegar a tiempo con la patada final. «Quizá sea córner», piensa. «Quizá pueda sacar el balón con la yema de los dedos».

Tampoco sabe que dos años más tarde se publicará en Gran Bretaña un videojuego con su nombre, titulado «Peter Shilton’s Handball», ni que sus hijos lo jugarán, a escondidas, en las vacaciones de 1992.

Mejor que no conozca el futuro ahora, porque debe decidir, ya mismo, cuál será el siguiente movimiento del jugador. Y lo decide: Shilton se juega a la izquierda, se tira al suelo y espera el zurdazo cruzado. El argentino, que sí conoce el futuro, elige seguir por la derecha.

Antes de tocar por última vez el balón con su pie izquierdo, a las trece horas, doce minutos y treinta segundos del mediodía mexicano, el jugador argentino ve que ha dejado atrás a Peter Shilton; ve que Jorge Valdano arrastra la marca de Terry Fenwick; ve que Peter Raid, Peter Beardsley y Glenn Hoddle han quedado en el camino; ve a Terry Butcher que se arroja a sus pies con los botines de punta; ve a Jorge Burruchaga que frena su carrera con resignación; ve a Héctor Enrique, todavía clavado en la mitad del campo, que cierra el puño de la mano derecha; ve a su entrenador que salta del banquillo como expulsado por un resorte y al otro entrenador, el rival, que baja la mirada para no ver el final del avance; ve a un hombre pelirrojo con una pipa humeante en la primera bandeja de las gradas; ve la línea de cal de la portería contraria y recuerda el rostro del empleado que, durante el entretiempo, la repasó con un rodillo; ve nítidamente a su hermano el Turco que, con siete años, le echa en cara un error que cometió en Wembley en un jugada parecida, ve los labios sucios de dulce de leche de su hermano cuando dice:

«La próxima vez no le pegues cruzado, boludito, mejor amagále al arquero y seguí por la derecha».

Ve el rostro de su hermano con la luz de la cocina donde ocurrió la escena, ve la picardía con que lo miraba; ve, detrás del arco, un cartel que dice Seiko en letras blancas sobre fondo rojo; ve las uñas pintadas de verde de su primera novia, el día que la conoció, y ve a esa misma chica, ya mujer, amamantando a una niña; ve una pelota desinflada y se ve a él mismo, con nueve años, que intenta dominarla; ve a su madre y a su padre que arrastran, con esfuerzo, un enorme bidón de kerosén por una calle de tierra en la que ha llovido; ve una taquilla, en un vestuario de La Paternal, que lleva su nombre y su apellido en letras flamantes, ve su orgullo adolescente al leer por primera vez su nombre y su apellido en la taquilla; ve un estadio, sus tablones de madera, y ve también que un día el estadio entero, y no solo la taquilla, llevará su nombre.

El jugador argentino ha controlado el aire de sus pulmones durante nueve segundos, y ahora está a punto de soltar todo el aire de un soplido.

Al revés que todos los rivales y compañeros que ha dejado atrás, él puede respirar con su pierna izquierda, y también puede intuir el futuro mientras avanza con el balón en los pies.

Ve, antes de tiempo, que Shilton se arrojará a la derecha; ve la intención segadora de Terry Butcher a sus espaldas, se ve a él mismo, muchos años más tarde, con un nieto en los brazos, visitando la entrada del Estadio Azteca donde se levanta una estatua de bronce sin nombre: solo un jugador joven con el pecho inflado, un balón en los pies y una fecha grabada en la base: 22 de junio de 1986; ve una rave en Londres donde dos chicos de quince años escapan de una multitud que se burla; ve un departamento en penumbras donde solo hay una mesa, dos amigos y un espejo sobre la mesa; ve a una muchacha en una playa del trópico que se deja besar por un chico que lleva puesta una camiseta argentina; ve un enjambre de periodistas y fotógrafos a la salida de todos los aeropuertos, de todas las terminales, de todos los estadios y de todos los centros comerciales del mundo; ve a un niño embobado con un videojuego en la ciudad de Leicester, mientras su hermano vigila por la ventana que no aparezca el padre; ve el cadáver de un hombre viejo que ha muerto en Ginebra ocho días antes de ese mediodía, un hombre que también ha visto todas las cosas del mundo en un único instante.

Ve Fiorito de día; ve Nápoles de tarde; ve Barcelona de noche.

Ve el estadio de Boca a reventar y él está en el medio del campo pero no lleva un balón en los pies, sino un micrófono en la mano; ve a un anciano en el aeropuerto de Cartago, que espera a su hijo en el último vuelo desde México, para abrazarlo y consolarlo; ve un tobillo inflamado; ve a una enfermera de la Cruz Roja, regordeta y sonriente; ve todos los goles que ha hecho y los que hará; ve todos los goles que ha gritado y los que gritará en su vida entera; se ve, con cincuenta y tres años, mirando desde el palco la final del mundo en el estadio Maracaná; ve el día que verá a su madre por última vez; ve la noche en que verá por última vez a su padre; ve crecer a todos los hijos de sus hijos; ve los dolores de parto de una mujer que está a punto de parir un niño zurdo en Rosario, un año y dos días más tarde de ese mediodía mexicano; ve un espacio mínimo, imposible, entre el poste derecho y el botín de Terry Butcher.

Cierra los ojos. Se deja caer hacia adelante, con el cuerpo inclinado, y se hace silencio en todo el mundo.

El jugador sabe que ha dado cuarenta y cuatro pasos y doce toques, todos con la zurda. Sabe que la jugada durará diez segundos y seis décimas. Entonces piensa que ya es hora de explicarle a todos quién es él, quién ha sido y quién será hasta el final de los tiempos.

 

EL MÁS HUMANO DE LOS DIOSES 

por EDUARDO GALEANO

Maradona tiene que cargar con una cruz muy pesada en la espalda: llamarse Maradona. Es muy difícil ser Dios en este mundo, y más difícil comprobar que a los dioses no se les permite jubilarse, que deben seguir siendo dioses a toda costa. Y el de Maradona es un caso único, el deportista más famoso del mundo, a pesar de que hace años que ya no juega, esa necesidad de protagonismo derivada de la popularidad mundial que tiene. Quiero decir que es el más humano de los dioses, porque es como cualquiera de nosotros. Arrogante, mujeriego, débil… ¡Todos somos así! Estamos hechos de barro humano, así que la gente se reconoce en él por eso mismo. No es un dios que desde lo alto del cielo nos muestra su pureza y nos castiga. Entonces, lo menos que se parece a un dios virtuoso es la divinidad pagana que es Maradona. Eso explica su prestigio. Nos reconocemos en él por sus virtudes, pero también por sus defectos.

Se convirtió en una especie de Dios sucio, el más humano de los dioses, eso explica la veneración universal que él conquistó más que ningún otro jugador. Un Dios sucio, que se nos parece: mujeriego, parlanchín, borrachín, tragón, irresponsable, mentiroso, fanfarrón, pero los dioses por muy humanos que sean no se jubilan.

 

¿SABE POR QUÉ DEFIENDO A MARADONA? 

por ALEJANDRO DOLINA

- Estimado Dolina, ¿ya no defiende más a Maradona? ¿O acaso ya no hay ningún Sargento Cruz? Vea: Ud. ayudó a alimentar al monstruo que tan bien nos hace quedar ante la prensa mundial. Cordialmente. Ingrid Hammer.

- Mi respuesta es SÍ. Yo he resuelto -después de un extravío- bancar a Maradona en esto. ¿Sabe por qué? Por personas como usted. La indignación burguesa que sucedió al exabrupto de Maradona fue totalmente patética y asqueante. Un mundo totalmente hipócrita, el mundo de la radio, donde se escucha eso mismo que Diego dijo bajo emoción violenta, pero libreteado (y en la televisión ni hablemos), ese mundo se indignó. Esos tipos se indignaron. Y esa indignación burguesa me hace ponerme inmediatamente en la vereda de enfrente.

Y lo que un tipo dijo, obnubilado por el momento, por la emoción, por su propia historia, y por su propia condición, después fue repetido ad nauseam por todos los noticieros, con subrayados, subtitulados, duplicaciones, ampliaciones y circulación por Internet, por tipos que no estaban ni obnubilados, ni en estado de emoción violenta, ni perturbados por ninguna cosa, sino que lo planearon diecinueve mil veces. Esos tipos ahora se ponen en la superioridad moral de preguntarme a mí si lo defiendo a Maradona. Bueno, sí, lo defiendo. Si es contra ustedes, lo defiendo. Lo defiendo totalmente.

Y eso de "que tan bien nos hace quedar ante la prensa mundial"... ¡Cipayos provincianos que quieren quedar bien con sus supuestos amos europeos! ¡Yo no tengo ningún interés en quedar bien ante la prensa mundial! ¡No es ésa nuestra obligación! ¿Qué tenemos que quedar bien ante nadie? ¿Ante quiénes? ¿Ante gobiernos que aniquilan a sus enemigos? ¿Ante quién tenemos que quedar bien? ¿Dónde esta la Fiscalía del Universo? ¿Dónde está la reserva moral de la Humanidad? ¿En Estados Unidos? ¿En Europa? ¡Déjeme que me muera de risa, Ingrid Hammer!

Y otra cosa: muchas veces, pero muchas, en los medios se dicen cosas muy interesantes. Yo he escuchado casi revelaciones, a veces, dichas por tipos a los que yo admiro mucho. A veces son intelectuales, como, no sé, el finado Casullo, o Dubati, o José Pablo Feinmann, tipos que realmente tienen un pensamiento interesante. Otras veces son artistas, o incluso locutores, del calibre de Larrea, o de Carrizo, tipos que por ahí dicen cosas que te hacen decir "pero mirá que bien pensó éste". Bueno, a esos NUNCA, nunca los vi duplicados en los noticieros, con subtitulados y subrayados. No los vi nunca porque a esta gente no le interesa el pensamiento ni la inteligencia, le interesa la BASURA. Y entonces Maradona dice esto y ellos lo repiten ciento diez mil veces. Eso es un asco.

Así que ¿a qué jugamos? ¿Qué es esto? ¿Qué es esto de indignarse, de enojarse y de sorprenderse? Lo dice un Senador de la Nación, y es un piola. Lo dice Maradona, y aparece todo el racismo, todo el desprecio por los pobres, aparecen los de siempre, los muchachos de siempre, a indignarse: ¡oh, la cultura! ¡Nuestro embajador! ¿Qué embajador? Es Diego Maradona, viejo. Los que tienen que ser cultos son ustedes, no él. Él tiene que dirigir la Selección de Fútbol, y si lo eligieron a él, bueno, es ése, y no Pancho Ibáñez.

Así que sí, lo defiendo a Maradona. Ante usted lo voy a defender siempre.

 

22 de junio de 1986 

por EDUARDO SACHERI

Para junio de 1986 yo llevaba un año y un mes de novio con Gabriela, una morocha de ojos enormes y curvas inquietantes que me tenía absolutamente encandilado. Éramos chicos, eran otros tiempos, y su familia me ponía las cosas un tanto difíciles. En sus conversaciones, en sus permisos y sus prohibiciones, yo no conseguía traspasar la categoría de “amiguito”. Solo Gabriela –Gaby, como la llamaba todo el mundo- aludía a su “novio”. Ni su padre, ni su madre, ni su hermano mayor, utilizaban semejante calificativo para mencionarme. En realidad, supongo que me mencionaban lo menos posible. Y cuando lo hacían, era para unir mi nombre al de alguna prohibición. No, no podés salir el sábado a la noche con Eduardo. No, no queremos que Eduardo te visite en las vacaciones en Villa Gesell. No, no nos parece bien que vayas a la casa de Eduardo. No, no nos importa que en su casa estén su madre y su hermana. No, no estamos de acuerdo en que te pases media hora hablando por teléfono con tu amiguito Eduardo. Cosas así. 

Como mi novia estaba más buena que el flan con dulce de leche me armé de paciencia, y me acostumbré a volverme transparente. Con puntualidad de tren alemán me habitué a despedirla en el zaguán de su casa un minuto antes de las nueve de la noche, con disciplina de monje budista me acostumbré a cortar el teléfono a los diez minutos de conversación, y con ardides de agente secreto me las ingenié para verla a hurtadillas durante sus dichosas vacaciones en Villa Gesell.

Y así fue pasando el tiempo. Hasta que de repente, sin prólogos que me hicieran intuir un cambio semejante, y cuando ya llevábamos un año cumplido en esas lides, fui oficialmente invitado a comer en casa de mi novia, un domingo a mediodía. A comer un asado, más precisamente. Ella me lo contó desbordante de alegría. Nuestro amor, al parecer, había derribado los altos muros de la desconfianza de sus progenitores. “¿Justo el domingo que viene?”, pregunté yo. “¡Este domingo!” confirmó mi novia, en el colmo de la dicha. A veces la vida es así: nos pone a prueba, nos otorga algo que hemos deseado, pero en condiciones que convierten en una desgracia lo que debería ser un regalo del Cielo. 
Porque el domingo siguiente no era cualquier domingo. Era el domingo más difícil, más importante, más complicado y más desesperante de mi vida. El domingo siguiente era 22 de junio de 1986. Jugaba Argentina. Jugaba un partido del campeonato mundial de México. Jugaba por cuartos de final. Jugaba contra Inglaterra.

“¿Pasa algo malo?”, me preguntó mi novia. Abrí grandes los ojos y murmuré que no, aclarando que justo el domingo, a las tres de la tarde, Argentina jugaba contra Inglaterra. Mi novia, en el mejor de los mundos, se alegró con la noticia. “¡Mejor –aseguró- así vemos todos juntos el partido después del asado!”.

¿Cómo explicarle la verdad? Hay cosas que se saben, o que no se saben, pero que no se explican. Hay partidos que se miran con tranquilidad, partidos que se miran con preocupación, partidos que se viven con desesperación, y partidos que se sufren al borde del abismo. Y, por supuesto, ese partido contra Inglaterra pertenecía al último grupo. Y eso es algo que solo los futboleros pueden entender. Durante los mundiales, sobre todo durante ese mundial de México, los argentinos no futboleros se asomaron al fútbol con interés, con entusiasmo, maravillados por lo que hacían Maradona y la selección de Bilardo. Triunfo ante los coreanos, empate con autoridad frente a la Italia campeona, victoria cómoda ante Bulgaria, victoria sufrida pero merecida frente a Uruguay por octavos… La gente que no es del fútbol supone que después de una victoria lo más probable es que haya otra victoria. Los futboleros, en cambio, sabemos cuánto dolor nos aguarda siempre en el futuro. Y si no es dolor, por lo menos, cuánta incertidumbre. Que los partidos no se ganan por currículum. Que hay seis millones de cosas que pueden salir mal en un partido. Que el fútbol es cualquier cosa menos justo. Que mil veces hemos merecido ganar y no ganamos. 

De manera que los futboleros llegábamos a ese partido contra Inglaterra con la sensación inhóspita de que hubiésemos preferido cualquier otro rival para el partido de cuartos. Claro que el incentivo de ganarles y dejarlos afuera era interesantísimo. Pero al mismo tiempo, el terror de que fueran los ingleses los que nos dejaran afuera nos ponía al borde del pánico. Por supuesto que ganar ese partido, o ganar el mundial, no iba a arreglar el dolor enorme de Malvinas, y todos esos chicos muertos. Pero perder ese partido, perderlo con ellos, volvería todo más cruel, más amargo, más injusto. A mí nunca me ha gustado mezclar la política y la nación con el deporte, pero en ese caso, en ese año, después de todo lo que habíamos sufrido, yo sentía que el domingo 22 era una frontera definitiva. 

Y la buena de mi novia me invitaba a ver el partido más importante de mi vida en presencia de su familia en pleno. Yo no sé ustedes, pero yo veo los partidos importantes como si estuviera en la cancha. Grito, salto, comento, puteo, reclamo, gambeteo, sudo, relato, gesticulo, despejo los balones sueltos en el área propia, estiro la pierna para llegar con lo justo a las pelotas indecisas de la mitad de la cancha. En otras palabras: doy un espectáculo bochornoso para cualquiera que no entienda de este juego. Cualquiera que me observe sin entender de qué se trata, deberá concluir que soy un loco o un infradotado, o un loco infradotado. De manera que ver ese partido, EL partido del mundial, como figurita de estreno en la casa de mi novia me ponía en riesgo de convertir mi debut en despedida. Quedaba una chance a favor: que mi proyecto de suegro, y mi proyecto de cuñado fuesen futboleros a muerte, esos tipos que comparten tus códigos y que saben de qué se trata. Si ese era el caso, santa solución. Los tipos iban a estar tan carcomidos por los nervios como yo, y apenas me iban a llevar el apunte. Lástima que no era el caso: el padre y el hermano de mi novia eran tenistas. Tenistas de estos que juegan todas las semanas. Tenistas de club, de zapatillas blancas, de bolsos grandes, tenistas de nos tomamos una cerveza después del partido. Aclaro que, por mi parte, no tengo ningún problema con los tenistas. El problema era tener que ver el partido más difícil de mi vida como hincha, al lado de dos tipos que veían fútbol nada más que en los mundiales.

Traté de explicarle a mi novia que no podía aceptar su invitación. Que iba a dar un espectáculo vergonzoso, que si hasta ahora en su casa me miraban con recelo, de ahora en más lo harían con repugnancia. Ella me miró con ojos acuosos, me habló de la alegría que había sentido con la invitación, de sus esperanzas de que de ahora en adelante podríamos salir los sábados a la noche sin la oposición de sus padres… 

La carne es débil. Sobre todo la mía. La sola posibilidad de salir con ella de noche, y sobre todo de pasear en el auto, y sobre todo despedirla en el zaguán de su casa sin la delatora luz diurna arruinando cualquier aproximación que uno intentase, pudo más que mis justificadas prevenciones. 
Ese día me tomé el tren en Castelar poco después de las doce. Iba de pie, cerca de una de las puertas, apoyado en uno de los parapetos. Era un domingo gris, frío, típico de junio. En el parante de enfrente viajaba un tipo. En un momento nuestros ojos se cruzaron. No nos conocíamos. Nunca nos habíamos visto. Jamás volvimos a vernos. Pero en ese momento los dos hicimos el mismo gesto con las cejas y los ojos. Gesto de “Mama mía, qué partido nos espera”. Después volvimos a mirar el suelo o el paisaje más allá de las ventanillas. Cuando bajé en Ramos Mejía volvimos a mirarnos. Ahora el gesto significó “Ojalá. Ojalá que se nos dé”. Y eso fue todo.

Cuando llegué a lo de mi novia puse cara de muchacho bueno, atendí a las presentaciones, elogié los preparativos del asado: lo que se espera de todo novio recién presentado y bien nacido. Cuando nos sentamos a comer tuve un instante de incredulidad. Esa gente comía el asado como si no fuera a existir un mañana. Con la angustia que yo cargaba, no me entraba una arveja de canto. Pero el resto de los comensales les daba a las achuras, al vacío, a la tira, al vino y a la ensalada como si la vida fuese coser y cantar. “¿No comés, Eduardo? ¿No tenés hambre? Gaby nos dijo que el asado te gustaba mucho!”. Yo dije que sí, que no, que sí me gustaba, pero que me sentía ligeramente mareado, enfermo, indispuesto, indigestado, no sé, o todo junto. Y lo dije con sonrisa de estampa, como si también para mí la vida fuese nada más que ese mediodía gris, el postre y la sobremesa. Cada cinco minutos miraba la hora y calculaba: deben haber llegado al estadio Azteca; deben estar reconociendo el campo de juego; deben estar en la charla técnica.

Cuando se hizo la hora pregunté si podía poner la radio para escuchar el relato de Víctor Hugo. Me miraron como si fuese un visitante de Venus. “Mirá que por la tele lo relatan”, me explicaron los tenistas, con amplio espíritu pedagógico. ¿Qué responderles? Yo tenía mis razones para pedirlo. Uno: los relatores de radio me parecían mucho mejores que los de la tele. Dos: venía escuchando a Víctor Hugo desde el debut contra los coreanos, y no pensaba cambiar la cábala aunque explotase el mundo. Finalmente accedieron, tal vez por no llevarle la contra al loco recién llegado.

Les ruego, señores lectores, que se tomen un instante para evaluar mi situación. Muchos de ustedes habrán tenido la necesidad, alguna vez, de dar la imagen de un joven educado, centrado, simpático, cortés, amable, conversador y tranquilo. Ahora supongan que les hubiese tocado fingirse así durante el partido en que Argentina se jugaba, contra los ingleses, la chance de pasar a semifinales del Mundial de México. ¿Adquieren ustedes la dimensión de mi martirio?

El primer gol de Diego no lo grité. Ya dije que tenía puesta la radio con el relato de Víctor Hugo, que vio la mano de Dios como casi nadie, y lo dijo de inmediato. Por eso, mientras a mi alrededor todos gritaban y saltaban y festejaban, yo me limité a mirarlo a Maradona deseando que lo enfocaran al línea, o al árbitro, o a los dos, para asegurarme de que sí, de que lo habían cobrado. Cuando me convencí de que sí lo convalidaban, solté un par de gritos, pero no los alaridos desaforados que habría proferido en directo. Fueron un par de gritos civilizados, contenidos, gentiles, mesurados.

Pero lo que vino después se me fue absolutamente de las manos. Cuando cuatro minutos más tarde Maradona recibió de Héctor Enrique un pase intrascendente, seis metros detrás del mediocampo, y encaró hacia el mejor gol de la historia, no pude menos que ponerme de pie, como hace uno cuando está en la cancha y siente que algo está por pasar. Sé que me mantuve en silencio los siguientes segundos, mientras Diego avanzaba por izquierda gambeteando ingleses. Sé que dejé de respirar cuando se tomó un instante para quedar de vuelta de zurdo, después del último enganche al dejar pagando a Shilton. Y después no sé más nada. 

Mejor dicho, cuando recupero la consciencia, estoy colgado de los barrotes de una ventana, a un metro del suelo, con los pies sobre el alfeizar, gritando como un enajenado, insultando a los ingleses y a la madre que los parió, deshaciéndome la garganta, descoyuntándome la mandíbula, desintegrándome las cuerdas vocales, que es el único modo de gritar un gol como ese. 

O me bajó la presión, o me quedé sin aire, o simplemente la vida volvió a ponerse en movimiento. Lo cierto es que terminé por darme cuenta del sitio en el que estaba. Aun sin darme vuelta sabía que, detrás, debían estar mi hipotético suegro, mi hipotética suegra y mi hipotético cuñado, preguntándose qué clase de salvaje pretendía convertirse en el novio oficial de su hija menor. Junté valor, solté los barrotes y me dejé caer al piso. Me levanté dispuesto a que me indicaran en qué dirección estaba la puerta. 

Y sin embargo, nadie me estaba mirando. Todos, empezando por los tenistas, seguían con los ojos clavados en el televisor, mientras repetían una vez y otra vez ese gol imposible. Me acerqué al grupo, sacudiéndome el polvo de las rodillas y carraspeando para recuperar aunque fuera un hilo de voz. “¿Qué golazo, no?”. Comentaron. Dije que sí. Como quien no quiere la cosa, limpié como pude las marcas de mis zapatos en la ventana. Nadie mencionó –nadie había visto- mis acrobacias ni mis gritos ni mis insultos. Volví a mi sitio y seguí viendo el partido. Eso sí, después del gol de Lineker preferí salir a la vereda, porque sentía que si los ingleses empataban, después del baile que se habían comido, yo iba a romper el televisor contra la pared que estuviese más a mano, y ya no me salvaba nadie. 

Me senté en la vereda de Avenida de Mayo y Coronel Díaz, mientras le prometía a Dios ser bueno desde entonces y para siempre, con tal de que Inglaterra no nos empatase ese partido de leyenda. Detuve mis rezos recién cuando escuché los primeros bocinazos.

Yo le debo al Diego muchas cosas. La principal son esos goles a Inglaterra. Primero, por lo que esos goles fueron y seguirán siendo para los argentinos. Y segundo, porque sirvieron para dejar pasmados a los tenistas. De lo contrario, en una de esas, la familia de Gaby me repudiaba. Y yo no me casaba con ella, y no tenía los hijos que tengo. Menos mal que, gracias a Maradona, nadie me vio, a los gritos, trepado en la ventana.

 

MI COTIDIANO INSMONIO

por LEONARDO FAVIO

Mi cotidiano insomnio se obstina en el misterio 
de recordarme al otro aquel que fui. 
El niño que rondó algún potrero 
que, seguro, ya no besa la luna. 
Aún no habías nacido y andabas en mi envidia, 
como en todos los niños. 
Diego, en la callada foto que conservo en mi cuarto 
donde desguarnecido te apoyaste en mi pecho, 
vi tu desolación de niño acorralado. 
Se adivina el madero en tu mirada tierna. 
Una constelación de multitudes 
te ha cercado por siempre. 
Ya no tendrás olvido, 
ya no tendrás descanso. 
Mientras haya un planeta en que respire un niño, 
un niño habrá que sueñe que es Diego, 
y que repite los goles imposibles 
de músicas y pájaros.

 

COMO EL DIEGO, SEÑOR 

por HORACIO POGGI

Señor, te pedimos perdón,
Por tanta hipocresía que nos desborda,
Por tantos moralistas de salón
Que jamás conocieron el hambre ni el barro.
Señor, te pedimos perdón en nombre de ellos
Porque son tan soberbios que nos dan cátedra
Y nos condenan de antemano
mandándonos al infierno que seguro es el Paraíso.

Ellos son los dueños del oro, de la ética,
Y de los falsos ejemplos que nos quitan identidad.
Ellos hablan desde los palcos y nos señalan,
nos marcan, nos difaman. 

No tienen vergüenza.
No les interesan los chicos de la calle,
Las madres solteras,
Los excluidos y desocupados,
Los pobres de toda pobreza,
Los enfermos terminales,
Los presos...

A ellos sólo les interesan sus riquezas
Y el poder para andar impunes.
A nosotros nos importa el amor,
La alegría del pueblo,
La bandera azul y blanca, 
Y la rebeldía revolucionaria.

Señor, te pedimos siempre perdón,
A cada instante, en todo momento.
Nos tuteamos con vos,
Sin faltarte el respeto.
No te tenemos miedo, Señor,
Aunque sentimos tu mirada de luz.

Cristo vino a salvar a los pecadores,
A darnos un abrazo más allá de nuestra condición social.
Cristo es acción solidaria
Y no una cifra de padrenuestros y avemarías.
Cristo no se disfrazó de monje triste y austero.
No hizo circo.
No aconsejó en vano.
Cristo es tu rostro divino hecho carne, Señor,
Que se mezcló con publicanos, prostitutas y perdidos.
¿Por qué no lo imitan sus seguidores?

Señor, queremos ser libres de verdad.
Queremos vivir de verdad.
Queremos que nos ayudes,
Que nos hagas creativos, audaces,
indomables, buenas personas.

Señor, con toda humildad te pedimos
Que seamos como el Diego,
Que recorramos el mundo
Dibujando gambetas al mal,
Despertando felicidad en los humildes,
Bailando hasta el amanecer
Con la música del Potro Rodrigo
Que anda de viaje por tus pagos.

Te suplicamos, Señor,
que nos dejes saltar el muro
y reventemos en paz las canchas
con pibes atorrantes y familias enteras,
y que repitamos el gol,
tu gol mágico, el de todos,
con la mano del Diego
y el corazón a full.

Frente a los oligarcas,
la calle sigue siendo nuestra.
De nosotros, los cabecitas negras, Señor.

Sí, mil veces nosotros, los de abajo:
Incorregibles,
Soñadores,
Eternos...

Amén.

 

DIOS SE DETUVO EN NAPOLÉS 

por DANIEL ARCUCCI

No traje máquina de escribir. Ni birome. Ni papel. Sólo un corazón capaz de latir junto a millones, ojos abiertos para asociarme a los del pueblo, y un grito anónimo capaz de confundirse, sumarse y estallar en este San Paolo que me pertenece. Llego en representación del Sur humilde, recorro la Curva B cantando con los tifosi, y busco, busco y busco a este genio inconfundible al que la historia me contó que nació en Villa Fiorito y hoy lo tengo tan cerca. Es Maradona y es nuestro. Es domingo y puede ser gloria. Es el Napoli a punto de ser campeón... Domingo 29 de abril. El día elegido para tanto sueño, concebido desde aquella semana pasada en que el arrogante Milan recibió un cachetazo del Verona y se pudo dos puntos atrás, ¡por fin!, de este Napoli celeste cielo. El día elegido para que el pueblo, nuestro pueblo, se junte en una vuelta olímpica que olvidó rencores y enconos. Si hasta las tres familias mafiosas que se disputan el barrio bravo de Forcella acordaron la paz esta semana para festejar esto, el Scudetto, la vida, la gloria...
Ahí va el Napoli, y Maradona, y el Sur. 


¿Me ve, me escucha? Señor, hoy soy napolitano...

SOY NAPOLITANO 
Los semáforos son para mí ridículos monumentos inútiles que cambian luces rojas, verdes y amarillas sin que esto signifique absolutamente nada. Mi auto debe estar obligatoriamente marcado y abollado, aun cuando lo haya comprado ayer y estrenado hoy, porque voy por las calles como quiero, que en definitiva es lo que hacen todos los demás. Voy en contramano o giro a la izquierda en las avenidas porque no hay otra forma de andar. Me afirmo en la bocina, es una buena forma de expresión, que intimida aunque no termine de resolver ese embrollo en la Piazza Municipio...

SOY NAPOLITANO 


Me enorgullezco de la belleza del golfo, me lleno la boca con Capri, Anacapri, Ischia y todo eso que Dios quiso poner justo aquí, donde pasamos con naturalidad delante de tanto despliegue de hermosura que vemos todos los días... Me animo ­a veces­ a caminar por Forcella, La Sanitá o el Quartiere Spagnolo, esos barrios donde se mezcla lo peligroso con lo tradicional, lo tétrico con lo risueño, la mafia con lo decente...

SOY NAPOLITANO 
Reacciono sanguíneamente ante el racismo norteño, maldigo y me peleo. No puedo aceptar la mirada despectiva y entonces busco algo para combatir... Busco, busco y encuentro el fútbol. "El fútbol, lo único que anda bien en una ciudad desastrosa", dicen de nosotros... Y muy bien, anda...

SOY NAPOLITANO 
Hasta hace dos semanas ni soñaba con esto que ahora vivo. Me desgarraba pensar que el Milan, el odiado Milan, fuera invencible... Sólo podía esperar el milagro, y en esto San Gennaro ya no se mete. No se mete desde hace seis años, cuando llegó el otro santo a hacerle competencia... Ojalá me perdone por lo que dije de él hace unos meses, ojalá me perdone por no haber creído. Ojalá.

SOY NAPOLITANO 
Uno de los que resucitó en la última semana, después de la derrota de ellos en Verona y de la victoria nuestra en Bologna. No le creo a Arrigo Sacchi cuando dice que pensó en retirarse, porque para el Milan está prohibido ganar en Italia... Me rebelo contra el poderoso Berlusconi que dice que estaría bien que ganemos nosotros: "Beh, una alegría entre tanta miseria". Me rebelo y salgo a la calle a festejar antes de tiempo un Scudetto que esta vez será algo más que un título... Esta vez será una revancha, un grito casi desesperado, un alarido de bronca y fervor.

SOY NAPOLITANO 
Cruzo de balcón a balcón los largos plásticos celestes, que cuando se levanta el viento del mar parecen aplaudir a mi ciudad de fiesta. Pinto las escalinatas con el tricolor, compro banderas a cuarenta dólares cada una, me sumo en cualquier esquina a quienes saltan: "Chi non salta, rossonero, è,..." Compro lágrimas de Berlusconi envasadas a setenta dólares el frasquito, cuelgo un pasacalles con una frase de autor anónimo: "Milan sei grande. Sopra di te soltanto il cielo. Alza gli occhi e guarda bene: è azzurro". Me paro respetuosamente frente al imaginario velatorio de Silvio Berlusconi, en Vía Forcella, lloro de risa por él: "Pax, Mors tua, Vita mea".

SOY NAPOLITANO 
Compro el "biglietto" para el partido en la reventa, a 150 dólares la curva B, la popular, la que salía 24 dólares. Ni se me ocurre ir a las plateas, que ya se cotizaron por encima de los 500 dólares. Prefiero estar allí arriba, con Giorgio y Gino, y también con el muchacho argentino de Signorini, Miguel Recordón, que quiso vivir la fiesta en serio y se llevó una bandera para agitarla junto a la barra... Soy uno de los 23.153 que pagaron, los que sumados a los 39.346 abonados, da ese total mentiroso de 62.499 para un millón y medio de dólares de recaudación. Este San Paolo a medio arreglar y con pocas posibilidades de llegar listo al Mundial ­como no podía ser de otra manera­, tiene más de 70.000 almas en su corazón...

SOY NAPOLITANO 
Quiero pintar el mundo de color celeste. Me voy al estadio temprano, apenitas pasado el mediodía, y quiero que mi bandera combinada con los colores de Argentina, Brasil y Nápoles flamee más alto que ninguna. Preparo el humo tricolor, hago sonar mi bocina como todos los demás, y entonces sé que el aire y todo se llena de mi música... Lo veo salir a él y entonces comprendo por qué todo esto fue posible.

SOY NAPOLITANO 
"¡Die-gó/Die-gó!" Emerge del túnel con Dalmita y Giannina en sus brazos. Son las más hermosas del mundo, son sus hijas... Allá va, saluda a una curva, a la mía, a la otra, corre con un ramo de flores celestes hasta donde está Carlos Bilardo, se lo ofrece... ¿Cómo no voy a "tifare" por Argentina en el Mundial? ¿Cómo no voy a hacerlo si él me provoca esta felicidad que ahora siento? Así, así tenemos que gritar todos, aunque en el palco de periodistas sea imposible hablar por teléfono porque sólo se escuchan nuestras voces, aunque los jugadores rivales se sientan pegados al piso por la presión; aunque los extranjeros ­los que no nos conocen­ queden impávidos tratando de encontrar, sin éxito alguno, una comparación.

SOY NAPOLITANO 
Sé que hoy, domingo 29 de abril, histórico domingo en el que conseguiremos nuestro segundo Scudetto en cuatro años, después de sesenta de amarguras, sé que hoy, digo, el espectáculo somos nosotros. Porque ellos, abajo, lo manejan todo con maestría y estrategia, sin sobresaltos. Con un gol rápido, ese hermoso cabezazo de Baroni apenas pasados los cinco minuos: con todo el talento tranquilizador de Maradona.

SOY NAPOLITANO 
No le tengo que pedir disculpas a nadie por gritar desaforadamente el "Ho visto Maradona/innamorato son". Todos lo hacemos cuando a los 2 minutos deja sólo a Careca bajándole la pelota de cabeza en forma sencillamente genial, cuando a los 4 minutos saca un zurdazo espectacular, cuando a los 7 coloca la pelota en la cabeza de Baroni para que éste haga el gol, cuando a los 21 desborda por izquierda y saca ese centro que sólo él pude sacar, cuando a los 23 preocupa con su primer tiro libre, cuando a los 24 pone a Francini mano a mano con el arquero Fiori... Todos lo hacemos cuando pensamos que desde que llegó somos grandes, ganamos dos Scudettos, una Copa Italia, una Copa UEFA, conseguimos dos segundos puestos... Cuatro años: 1.461 días de lucha en lo más alto.

SOY NAPOLITANO 
Y por eso sufro cuando lo veo caído, golpeado por su marcador de toda la tarde, Marcheggiani. Gozo cuando supera a rivales de derecha a izquierda y define apenas desviado. Disfruto cuando hace sonar la pelota contra el travesaño después de un tiro libre mágico... Me tranquilizo cuando sé que su talento, de Maradona estoy hablando, lo tiene todo bajo control... Entonces empiezo a saltar, a gritar, a hacer sonar mi bocina, a cantar "Na-po-li", a festejar el Scudetto... El que él, Maradona sí, volvió a provocar.

SOY NAPOLITANO 
Ahora sé que el espectáculo soy yo, aunque los protagonistas sean Maradona y compañía. El arquero Giuliani, que con altibajos respondió durante todo el año; Ciro Ferrara, un hijo de esta tierra; Corradini y Francini, que llegaron para defender y se enamoraron de esto; Crippa, que corre todo lo que quisiéramos correr; De Nápoli, un monumento al esfuerzo; Careca y Alemano, la clase y la distinción brasileña; Carnevale, el gol que ahora se va a Roma... ¿Me preguntan por qué ganamos? No es momento de análisis, pero porque con un equipo sólido ­a veces aburrido, es cierto­ aprovechamos el stress del Milan y porque tenemos a Maradona.

SOY NAPOLITANO 
Ahora recorro las calles, las tapono con mi auto, las ensordezco con mi bocina. Voy por la Vía Marítima, por el puerto, por el Castello, por las Gallerías, por la Piazza Humberto Primo, por Forcella, por la Sanitá, por el Quartiere Spagnolo, por cualquier lado, todo es Nápoles... Mañana volveré a mis semáforos inútiles, a mi auto marcado, a mi locura diaria si le parece. Mañana.

SOY NAPOLITANO 
Hoy, Maradona me hizo sentir feliz.

 

MAGO DIEGO

por ENRIQUE BUGATTI

En cada rincón del mundo 
habrá un estadio vacío 
un niño sin juguete, 
cuando sepan que te has ido. 
Un arco que siempre espere, 
lo sacudas con un gol, 
un potrero allá en Fiorito 
que añore el verde esplendor.


¿Donde te guardaste Diego 
esa magia de tu juego? 
¿En que arcón de la memoria 
la formula de tu gloria? 
¿En que gramilla feliz 
gambeteaba el chiquilin 
que tu varita tocó 
para hacerlo como vos?


Fino mago en Buenos Aires, 
Nápoles y Barcelona. 
Los domingos niño Dios, 
transgresor en la semana. 
Te saben ilusionista 
los ingleses con razón 
porque vieron una mano 
donde estaba el corazón.

 

RECOMENDACIONES PARA PARIR UN HIJO QUE SALGA MARADONA

por RODOLFO BRACELI

La madre que parió a Maradona pudo concebir a semejante ser porque antes afrontó y cumplió al pie, al pie de la letra, los consejos que la Pierina le anotó, de puño y letra, en un cuadernito. La Pierina era partera -perdón por la rima- a la hora que fuera. Una digresión: también se llamaba Pierina la partera que ayudó a mi madre para que mis cinco kilos y pico salieran a respirar al mundo. No se trata de la misma Pierina, no, pero una me llevó a la otra y la otra a esta historia.

En ese vértice del almanaque que abrocha un año con otro, cuando brindamos y nos abrazamos y nos besamos y nos ponemos momentáneamente buenos, Dalma Salvadora Franco, la Tota, le dijo a su esposo, Diego Maradona, Chitoro, al oído le dijo:
-El próximo será varón. Te lo juro.

-Eso me dijiste la primera vez…
-… y vino nena.
-Y la segunda vez…
-… y vino nena.
-Y la tercera vez…
-… y vino nena. Y la cuarta vez, sí, también te lo dije.
-Y nena vino.
-Pero el quinto, Chitoro, será varón.
-Será varón, Tota. Si no viene nena.
-Te digo que será varón.
-Si nos sale nena yo la voy a querer igual. Vos sabés.
-Será varón. Y jugará a la pelota como diosmanda.
-Dios, Tota, no entiende un comino de fútbol.

-Bueno, si no entiende, que mire para abajo y aprenda de una vez.
Llovía sin consideración afuera de la casilla en la Villa Fiorito de Lanús, provincia de Buenos Aires. Pero la Pierina prometió que iba a estar a las seis de la tarde y allí estaba, ese 5 de enero, empapada, con el paraguas desfondado. Era una partera de palabra. La Tota le alargó una toalla y un batón y se fueron a la única habitación para poder hablar tranquilas. Era una conversación de grandes y las nenas que sigan jugando.

-Quiero que sea varón, Pierina. Varón y futbolista y bueno.

-¿Bueno como persona o bueno como jugador?
-Las dos cosas: varón bueno y jugador buenísimo.
-Sabía que me ibas a pedir algo así. Pero hagamos de cuenta que no me dijiste nada. Y empecemos de cero. Respondéme, Tota, a cada cosa que te voy preguntando.
-Bueno.

-Ustedes nunca fueron otra cosa que pobres… tenés cuatro críos, cuatro, ¿querés tener otro?
-Sí, quiero.
-¿Y tu marido se anima?
-Sí, quiere.
-¿Lo querés hombrecito u hombrecita?
-Hombrecito.
-Entonces, Tota, deberás mirar el sol cada vez que tomés agua.
-Miraré el sol cuando tome agua. Pero ¿y de noche?
-Mirarás la nuca del sol, que vendría a ser la luna.
-Tomaré agua mirando la luna entonces.
-No es todo. Vos y tu Chitoro, cada día deberán comer cosas que vengan de los árboles, de la madera.
-¿Para qué eso?

-Para que el venidero les nazca con palito.
La Pierina era una mujer con algunas lecturas, por ejemplo, eso de "para que el venidero les nazca con palito" se lo afanó a un poeta que iba a escribirlo tres años después en un libro que se llamaría El último padre. Pasan estas cosas. Y hay que decir, además, que la Pierina era una partera apta para todo servicio: más de una vez, con dolor en el corazón y en el alma, ayudó a abortar criaturas que iban a ser devoradas por la condena definitiva de la pobreza. No hay derecho a arrojar a nadie al hambre, decía ella.

Parir un hijo Jesús no fue fácil. Sólo una mujer pudo. Parir un hijo Che Guevara tampoco fue fácil. Sólo una mujer pudo. Parir un Diego Armando Maradona Franco, más que superdotado futbolista y hacia 1986 el humano más famoso de todos los seres vivos del planeta, tampoco iba a ser fácil; para nada.

La Pierina pidió un té de carqueja ¡sin azúcar! y lo tomó despacio, algo pensativa.
-Decíme, Tota, ¿estás bien segura que querés que el pendejo te salga futbolista y buenísimo?
-Y sí. Que sea buenísimo, el mejor de la villa.

-Mirá, si nos metemos en este baile tenemos que apostar muy fuerte. Ya que estamos que sea el mejor de la villa, el mejor de la provincia, el mejor del país, el mejor del mundo, el mejor del siglo y de todos los tiempos.

-Y bueno, Pierina… ya que estamos.

-Te aviso que no va a ser sencillo. Conseguir un pibe así te va a costar una güeva y la otra güeva también. Yo me vine bien preparada, Tota. Te anoté, mes por mes, lo que tenés que hacer sin saltearte nada. En cuanto te olvidés o no podás hacer algo, despedíte del pibe 10. Te vendrá un pibe 7 o 5 que jugará lindo, pero como tantos.

-No no no, yo quiero que sea pibe 10, el mejor de todos.
-Eso es, Tota, el mejor de todos así en la tierra como en el cielo como en el infierno.
-Pierina, ¿no podemos evitar eso del infierno?

-No podemos: tierra y cielo incluyen infierno. Por el mismo precio eh.
-Bueno, Pierina, digamé.

La Pierina dijo ahora sí dame un par de mates. De pronto apretó el ceño y los tomó cabeceando, mirando al piso. Mirando al piso como quien mira las entretelas del futuro, con gravedad. Su rostro fue como esos cielos luminosos que sin aviso se oscurecen. Después de los mates corrió su silla y se ubicó frente a la Tota.

Estaban rodillas contra rodillas.
La Pierina abrió el cuadernito y empezó a leer con voz algo solemne:

-Para tener un hijo que como futbolista sea el más genial de los geniales, el más único de los únicos, tendrás que cumplir, mes a mes lo que aquí está escrito.

-Lo haré, seguro que lo cumpliré.

-En el primer mes, cada día, un ajo en ayunas.

-¡Un ajo!

-Un ajo. Caiga quien caiga.

-Y bueno, caiga quien caiga. Pero ¿para qué el ajo?

-Para que venga sin pelos en la lengua. Un único entre los únicos tiene que decir siempre lo que le da la gana, así le moleste al faraón o al sumo padre… Sigamos, que se nos viene la noche. En el segundo mes tendrás que dormir en el lado izquierdo de la cama y después siempre así.

-¿Pará qué eso?

-Para que venga zurdo, bien zurdo. En el tercer mes tendrás que hacer tres días de ayuno: sólo líquidos.

-Pero voy a tener mucho hambre, Pierina.

-Y él también. Así vendrá con hambre. Con hambre de gol, con hambre de todo… En el cuarto mes tendrás que prepararte, cada tres días, un caldo que tenga acelga, apio, hinojo, rabanitos, calabaza, camote, ají verde, cinco cebollas, cinco… y pastito de ese que sale a la orilla del pozo de agua. Una olla entera.

-¿Y esto para qué?

-No sé. Pero vos hacélo, Tota. El día trece del quinto mes, el 13, deberás buscar una piedra bien redonda, del tamaño de un puño y a la piedra enterrarla en el medio de la canchita más cercana. Eso lo harás sola, sin ninguna mirada, a las tres de la mañana.

-¿Mi marido me podrá acompañar?

-Sola dije. Y sin que nadie se entere. Ni él.

Las recomendaciones para el sexto, séptimo y octavo mes no fue posible conocerlas porque la Pierina, vaya uno a saber porqué, se las dijo al oído. Secretos de hembras. Secretos sellados, porque la hoja donde estaban escritas las recomendaciones de esos tres meses fue arrancada en el acto y prendida fuego.

-Pierina, ¿puedo preguntarle algo?
-Te la pasás preguntado.
-¿Por qué me habló al oído?
-Porque no quiero que escuche.
-¿Quién? Si estamos solas y encerradas.
-No tan solas, Tota, siento que alguien nos está escuchando.
-Alguien…
-Sí, yo siento que aquí adentro, aparte de nosotras hay… no sé, un escritor, alguien así.
(Al escuchar esto sentí vergüenza, me ruboricé…)

-Cebáme otro mate -dijo la Pierina enseguida- pero antes cambiále la yerba. No me tinca el mate con gusto a enema.
Y el mate vino. Y después las dos mujeres otra vez rodillas contra rodillas.
-Pierina, ¿podré cumplir con todo lo que me está pidiendo?
-Eso me pregunto yo: ¿podrás, Tota?
-Quiero poder.
-Vas a poder.
-¿Y en el noveno mes qué tengo que hacer?

-Desde el primer día caminar descalza por las mañanas. Descalza, sintiendo que la tierra es la espalda del mundo entero. Esto para que tu hijo venga mundial, ecuménico y planetario… barrilete cósmico…
-¿Barrilete cósmico?
-Se me hace que así lo llamará un día cierto relator que hoy todavía no imagina que será relator, porque recién anda por sus trece o catorce años de edad… Sí, descalza, cada día por la espalda del mundo andarás…
-Eso no me costará nada, me gusta andar descalza.
-Lo que te costará un poquito más, en la primera semana del mes noveno, será enhebrar una aguja...
-Eso lo hago sin dificultad todos los días.

-… enhebrar una aguja con los ojos cerrados. La misma aguja que usás para pegar los botones de la camisa. No vale aguja de colchonero eh.
Y la Tota quedó preñada a las casi tres semanas de ese encuentro con la Pierina. Se empezó a poner gruesa sin disimulo y con entusiasmo. Mes a mes fue cumpliendo una por una las recomendaciones.

Hasta que llegó el crucial día de enhebrar la aguja con los ojos cerrados. Lo empezó a intentar desde temprano: se encerró en su dormitorio, tomó aguja, tomó hilo y… creer o reventar: en el primer intento no pudo. Ni en el tercero ni en el décimo. Se dio cuenta que estaba temblando.

Ciega y encima temblando, ni en un año podré enhebrarla, gimió. Intentó tres, siete veces más, no pudo; le dio una patada a un ovillo de lana y el ovillo de lana se metió justo por el ángulo de la banderola entreabierta. Alguien en la vereda vio salir el ovillo en parábola y bramó ¡gol carajo!

La Tota escuchó la palabra gol y salió como resucitada de su creciente congoja y decidió decir gol en los próximos intentos.

No necesito varios intentos, ya en el primero sintió que el hilo había penetrado por el enormemente pequeño ojo de la aguja.

Sintió eso; lloró en silencio.

Y aquí entró el marido y la encontró así. No se animó a interrumpirle el llanto, sólo se hincó y le besó el vientre y él también empezó a llorar bajito.

Dos días después, la Tota, sumamente embarazada, le estaba dando una mano a su marido. Él, empinándose desde una silla, intentaba cambiar una bombita de luz. Chitoro, qué te costaba hacerlo con la escaler… No terminó de decirlo y a él se le cae la lamparita. Ella interrumpe la caída con la rodilla; la bombita vuelve a subir y a caer, pero no se estrella en el suelo; ahí, ella, por así decir, la acampuja con el empeine y la lamparita va a dar a la mano asombrada de él.
-¿Alumbrará esta lamparita?-, dice él.

-Seguro que alumbrará-, dice ella.

Ella, después de cumplir al pie, al pie izquierdo de la letra, los mandatos de la Pierina, no imaginaba que su hazaña de la lamparita sellaría, como si fuera un antojo al revés, el destino mundial y único del ser que a las siete de la mañana del día siguiente iba a nacer, en domingo, naturalmente. A nacer por los siglos de los siglos.

El 30 de octubre del año 1960 después de Cristo la Tota rompió bolsa a eso de las cinco de la madrugada. Camino del Policlínico que, naturalmente, se llamaba Evita, le preguntó a la Pierina, que la acompañaba:

-Estoy segurísima que Dieguito va a ser un pibe 10. Pero dígame Pierina, ¿mi hijo va a ser feliz?
-Tu hijo estará condenado a dar felicidad a los demás.
-Pero él, ¿él va a ser feliz?

-Mirá, el Policlínico. Por fin llegamos.
-Pero él, ¿él va a ser feliz?
-Dame la mano y bajá con cuidado.
-Pero él, él va…
-Afirmáte en mí, Tota. Vamos. Rápido. 

 

YA SÉ QUE FUE CON LA MANO

por PABLO ROZADILLA

Ya sé que fue con la mano
aquel gol a los ingleses…
Se ha visto un montón de veces
la imagen en primer plano,
mostrándolo a ese paisano,
genio, zurdo y morochazo,
en el aire abrirse paso
para ganarle al arquero,
y así estampar el primero
de un pícaro puñetazo.

Para que el mundo lo viera
y se armara el alboroto,
hizo falta ver la foto,
igual que en una cuadrera…
Saltó como una pantera,
quedó colgado de un hilo,
el arquero echó los kilos
pero no pudo llegar,
y el Diez la mandó a guardar,
más veloz que un refucilo.

Después, vivo, festejaba,
relojeando de costado…
El juez ya lo había cobrado
y el línea convalidaba…
Los ingleses protestaban,
rabiosos, exacerbados,
y el morocho iluminado
recibía mil abrazos,
hacia el cielo abrió sus brazos,
la obra había consumado.

Fue con la mano, señores,
como algunas otras cosas,
para nada decorosas
y por supuesto, peores,
que han practicado los Lores
y la Reina de Inglaterra,
un país que aún se aferra
a costumbres bien innatas
como el hábito pirata
de usurpar ajenas tierras.

Pues con la mano empuñaron
los piratas sus espadas,
propinándole estocadas
a los pueblos que mataron.
Con sus tierras se quedaron,
a su gente han explotado,
y con la mano han firmado
leyes infames, perversas,
instaurando por la fuerza,
colonias en todos lados.

Y fue al Sur de la Argentina,
que en mil ocho treinta y tres,
un viejo pirata inglés
se apoderó de Malvinas.
Y aquellas manos ladinas
que nuestra bandera arriaron
después se multiplicaron
en mil nueve ochenta y dos,
y en aquella guerra atroz
nuestra sangre se cobraron.

Tanto daño con la mano
engendró ese reino hostil…
Como activar el misil
que hundió al General Belgrano.
Fue en nombre de esos hermanos,
prisioneros del espanto,
que el morocho se hizo canto,
y su mano fue una brisa
soplándole una sonrisa
a un pueblo que lloró tanto.

Fue con la mano, ya sé,
y que no vale es un cuento,
qué me importa el reglamento
si el adversario es inglés…
Entonces, bendito el Diez,
el Pelusa, el Diego, el Nene,
que Dios de dicha lo llene,
no necesita el perdón,
pues quien le roba a un ladrón
cien años de perdón tiene.

 

TODO MIENTRAS DIEGO

por ARIEL SCHER

El 22 de junio de 1986, mientras casi el universo se quedaba quieto detrás de una sola imagen y de un solo hombre, el Gordo no sabía que estaba a punto de encontrar una pasión. No lo sabía el Gordo porque durante esa sola imagen y durante ese solo hombre quedó dominado por una corriente de fuegos y de sangres que le viajó desde el coxis hasta la lengua y desde la lengua hasta el aire para terminar gritando gol. Pero después sí. Después y mucho después, y también cada sábado, sobre las mesas áridas del Bar de los Sábados, el Gordo se definió una misión en el mundo y preguntó a unas gentes y a todas las gentes la gran pregunta de su historia. Esta pregunta: ¿qué le pasó a usted cuando Diego Maradona, en la mejor jugada de cualquiera de los tiempos, le hacía el segundo gol de Argentina a los ingleses en el Mundial de México?

“Una tarde, no hace tanto —narró el Gordo con el Bar de los Sábados vuelto una quietud que lo oía—, una mujer me dijo que mientras Diego zigzagueaba personas, ella colgaba ropa mojada y que, cuando la pelota entró al arco, la ropa, de golpe, se secó”. El Alto, un racionalista intenso que no se ausenta del bar ni en los sábados sin destino, le apuntó que eso era imposible. Pero el Gordo ni lo consideró. Y siguió: “Otro hombre me contó que estaba viendo ese partido dentro de una pensión sin nombre y prisionero de la más fea de las soledades, pero que cuando el gol fue por fin gol, corrió hasta un cuadro que colgaba torcido en una pared sucia, lo estrechó en un abrazo, y uno de los personajes del cuadro, a la vez, lo abrazó a él”.

El Roto, otro feligrés del Bar de los Sábados que venía atendiendo fascinado, no fue insensible a las búsquedas del Gordo y le añadió su experiencia: “Por discreción o por vergüenza, no suelo contarlo, pero en el momento justo en el que Maradona terminó de armar ese camino de jugadores ingleses frustrados, yo me levanté de mi silla y le acaricié las mejillas a mi abuelo, que lloraba y que reía. Fue extraordinario, fueron mi vida, mi infancia, mi identidad y mi memoria desplegadas en una sola circunstancia. Tardé cuatro o cinco minutos en recordar que mi abuelo había muerto hacía diez años. Pero yo sé, lo sé claramente, que ahí lo acaricié”.

El Gordo aseguró que la historia del Roto era posible. Con el labio superior, apretó entusiasmado los contornos de su taza de café y volvió a llenar de detalles al Bar de los Sábados. Afirmó que a un pueblo campesino de economías malogradas se le acabó la más larga de sus sequías no bien Diego empezó su fiesta, y que, también cuando Diego transformaba en nada el esfuerzo del arquero inglés, un sobrino suyo que tropezaba cada día con los desafíos escolares entendió súbitamente la lógica de la suma algebraica, y que un amigo enfermo que se arrimaba a la muerte distinguió las formas de ese avance irrepetible y extendió su agonía hasta que Maradona cantó el gol.

Vencido por tanta demostración contundente, el Alto se sintió en el deber de sumar una evocación bien suya que jamás había confesado. Lo hizo tan racional como siempre pero conmovido desde la primera palabra: “Vi ese Mundial, ese partido y ese gol junto con mi papá en el comedor de su casa. Cuando Diego eludió al segundo rival, el corazón no me latió más. Me acuerdo mucho mejor de los anteojos asombrados de mi padre, de mi propio asombro porque el corazón no me latía y de la sensación plácida de una felicidad en ascenso que de la secuencia del gol. Era curioso: el corazón no me latía, como si se hubiera ido todo entero detrás de esa jugada, y, sin embargo, yo estaba más vivo que nunca. Recuperé la normalidad recién cuando los ingleses sacaron del medio. Mi papá sonreía…”.

Una emoción igual a un campeonato atrapaba los rincones viejos del Bar de los Sábados. Cuando el Alto pidió café, las puertas en vaivén del lugar se abrieron por un viento y una mujer de pestañas como bosques enfocó una mirada de amor directa hacia el Gordo. El Roto quiso decir que nunca fallaba, que así era, que ese gol lo seguía pudiendo todo. Pero el Gordo lo interrumpió sin registrarlo y, deslumbrado por esa hermosura que tenía enfrente, alcanzó a balbucear la única frase que le cabía en la boca:

—Gracias de nuevo, Diego.

 

NOCHE ROMANA

por GABRIEL GARRIDO

En un verano soleado se reunierón los titanes 
para dar la vida y muerte por una copa dorada. 
El olímpico, cual coliseo de los tiempos ancestrales 
vistiose de las banderas que adornaban su morada. 

Se escucharón los latidos del guerrero que perece 
ante el injusto silbato de aquellos labios podridos, 
y vió el mundo la agonía del gladiador mal herido 
a quién robarón el alma que a las canchas entristece. 

Con una alzada de manos concluyó aquella función 
deteniendose el balón de entre los pies del artista, 
y la justicia cegada dejo caer la balanza 
mientras bailaba la danza que interpretaba la FIFA. 

Y de pie caminando hacia el estrado 
con lágrimas en sus ojos vió su copa arrebatada. 
Más su llanto fue el del rey que agonizante 
puso el sello que la historia no olvidara, 
y su nombre se vió escrito en las estrellas 
que se vieron a lo lejos en una noche romana.

 

MONSTRUO

por OSCAR CASAS

Nació como un cebollita 
muy humilde allá en Fiorito, 
pero Dios le dió ese don 
que solo lo tienen poquitos.

Con su habilidad alegró 
a un país destruído, 
fue en el setenta y nueve 
por su logro conseguido.

Y llegó el ochenta y seis 
y se burló del pirata, 
con una mano enseñó 
como se mata a una Rata.

Hasta aquí todo muy bien 
siempre a nivel selección, 
no olvidar el ochenta y uno 
cuando fue con Boca campeón.

Era una tarde española 
cuando un vasco apareció, 
pues todos nos asustamos 
porque el burro, lo quebró.

Gracias al burro vasco 
que a Diego mandó a la lona, 
los tanos contento estaban 
porque dejó al Barcelona.

Y llegó el gran momento 
en Europa, consagración, 
ya que sacó al humilde Nápoli 
por varias veces campeón.

Su romance con el balón 
fue su arma fundamental, 
por ello hay que tenerlo 
a Diego en un pedestal.

Lo máximo en el fútbol fue 
daba clases por doquier, 
es el mejor jugador del mundo 
no hay ni habrá nadie como el.

Alguien intentó imitarlo 
y murió en la intentona, 
pues no sabian quien era 
Diego Armando Maradona.

Es muy malo el comparar 
y no salir del montón, 
tres grandes tuvo Argentina 
el Diego, Fangio y Monzón.

Tiene los triunfos del mundo 
y en su exquisitez se basa, 
no lo comparen con nadie 
el negro fue de entre casa.

Lo quisieron destruir 
pero con el no pudieron, 
tiene la fuerza del grande 
por esa causa perdieron.

Ahora que el fútbol dejó 
queda una ausencia notoria, 
quién nos alegrará la vida 
nadie, no hagan memoria.

En este humilde homenaje 
quiero a DIEGO agradecer, 
por haber sido el más grande 
igual que CARLOS GARDEL.