Emiratos Arabes Unidos

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LOS 100. Puestos 10 al 4

Un club como Boca Juniors, que a lo largo de su historia ha podido contar con lo mejor de lo mejor a nivel local y bastante de lo mejor a nivel internacional, varios futbolistas han marcado mojones en esa historia, pero ninguno fue un antes y un después tan claro, un quiebre tan nítido en ese calendario, como Juan Román Riquelme. 

Inútil sería recorrer demasiadas cuestiones técnicas en un futbolista casi contemporáneo y del que ya se han hecho todos los análisis posibles. ¿Personalidad al servicio de la técnica o al revés? En Riquelme una empujó a la otra, ambas convivieron hasta ser una sola cualidad de la que Román necesitaba para destacarse, necesitaba ser el más importante, el dueño de sus equipos. Siempre que le hicieron sentir que era el hombre franquicia, se hizo cargo de las responsabilidades más pesadas. 

A esta altura, ya somos redundantes al hablar de la escuela de volantes centrales de Argentinos Juniors, pero Román es otro genuino producto de esa cantera, aunque con la curiosidad de que, apenas llegar a primera división con Boca Juniors, Carlos Bilardo decidió ubicarlo más adelante, como enlace, y allí se destacaría durante toda su carrera.

Claro que no sé puede hablar de quiebres en la historia de un club grande si no se habla de títulos. Fueron seis campeonatos locales, tres Libertadores, una Recopa Sudamericana y una Copa Intercontinental los que le permitieron a Riquelme ser esa muesca tallada en el escudo xeneize. 

Se fue de Boca, aunque siempre estuvo volviendo, en 2002 al Barcelona. Fue en la institución cuando Louis Van Gaal no permitió que Riquelme se sintiera con aquella relevancia exclusiva y pronto pareció dar un paso atrás que serían varios adelante, llegando al Villarreal para ser otro quiebre en la historia de un club y guiando al Submarino Amarillo a una impensada semifinal de Champions League por primera vez en su historia. 

Cerró su carrera ayudando al club que lo formó a volver a primera división. 

Fue campeón mundial sub-20, Medalla de Oro olímpica, jugó dos Copas América y un Mundial con la Selección Argentina.     

 

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Durante toda la Copa Libertadores del año 2007, particularmente en su fase final, la preponderancia individual de Juan Román Riquelme fue decisiva y fundamental para que Boca Juniors terminara por alzarse con ese título. Es difícil hallar un parangón en la era moderna para comparar con su notable desempeño en las dos finales ante Gremio.

 

Es difícil hablar de la historia del fútbol argentino sin hablar, casi al mismo tiempo, de Ricardo Enrique Bochini. El Bocha, en sí mismo, representa una idiosincrasia bien marcada en esa orilla del Río de la Plata. Eso que mucho especialistas no dudaban en señalar como "La Nuestra". ¿Y que era esa "Nuestra"? Era la imposición de la técnica por sobre lo físico. La pelota al piso y el pase corto como encabezados de su decálogo. Pero, claro, Bochini no fue solo la bandera de quienes entendían que ese era el camino para acortar distancias con los poderosos europeos. El Bocha parecía no moverse por la cancha, sino lograr que el campo de juego se moviera en su favor. Un jugador de videojuegos antes de los videojuegos. Poca imagen o físico de atleta, pero el cerebro de un privilegiado. La pelota siempre como un apéndice de su pie derecho, el control heterodoxo pero siempre exacto, no importaba como dominara la pelota, siempre le quedaba al lado del pie.

Dominaba mentalmente acciones propias y ajenas, mapeando permanente todo lo que sucediera alrededor antes de tomar la decisión siempre correcta, el Bocha jugaba sin apuro y conseguía que el resto de los habitantes de la cancha se ralentizaran a su antojo. Gambeta siempre cortita y siempre hacia adelante, capaz de amontonar rivales hasta el punto de ridiculizarlos y dejarlos siempre fuera de su radio de acción. Su último pase, la asistencia al compañero, es y será una marca registrada que identificará a cada acción similar como un "pase bochinesco".

No hizo muchos goles, no hizo goles feos. 

Fue el ejemplo más identificable de una estirpe que hoy parece irrepetible en Argentina, los "one club men" de nivel superlativo. Pasó su vida en Independiente y con Independiente ganó cuatro títulos locales y la bestial cifra de diez internacionales, incluyendo cinco Libertadores y dos Intercontinentales. 

Jugó 28 partidos para la Selección Argentina y el fútbol hizo justicia con él en 1986, cuando se consagró Campeón del Mundo en México.   

 

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El 28 de noviembre de 1973, Independiente debió ceder a las presiones de la poderosa Juventus de Turín que reclamaba jugar la final de la Copa Intercontinental en suelo italiano. El partido se jugó en el Estadio Olímpico de Roma y poco le importó ser visitante a Ricardo Enrique Bochini que, a diez minutos del final, avanzó desde mitad de cancha dejando en el camino a un rival, entrando al área jugó una pared corta con Bertoni y definió picando la pelota por sobre la salida de Dino Zoff. Fue 1-0 y título mundial para los Rojos de Avellaneda.

Poco más de dos años después, el 26 de mayo de 1976, Independiente recibía a Peñarol de Montevideo por el triangular semifinal de la Copa Libertadores. El partido estaba 0-0 y se jugaban tres minutos del segundo tiempo cuando Bochini jugó una pared corta con Astegiano sobre la derecha y detrás de mitad de cancha, superó a Giménez e inicio un slalom de derecha a izquierda pasando entre Pizzano y Acosta, amague y vuelve a pasar a dos rivales que lo cerraban, Olivera y Zoryes. Ya muy escorado sobre la izquierda cambia de dirección sobre la marcha y elude la barrida de Luis Garisto, una vez dentro del área escapó en velocidad al cierre postrero de González y definió con cara interna al palo izquierdo del arquero Corbo. Ese tanto definió el partido y muchos, todavía hoy, lo consideran el mejor gol de la historia de la Copa Libertadores.

 

A los consumidores de las novelas de superación personal les va a gustar la historia de este hombre de Reconquista al que le gustaban más los alfajores que correr detrás de una pelota, al que en algún momento quisieron descartar por "gordito" y en el que Marcelo Bielsa vio a un potencial demoledor de arcos.

Porque eso fue Gabriel Omar Batistuta, un animal salvaje al que mantenían encerrado y le  hacían oler una red de arco para que enfocara claramente a la que debería ser su víctima en cuanto lo liberaran para su cacería. Prepotente y determinado cada vez que estaba de cara a gol, el Bati definía, en general, por potencia. Casi todo lo hacía por potencia. Por potencia se abrió su camino en el Newell´s que lo vio surgir hasta pasar a River, por potencia se aguantó que lo pusieran de extremo en River y decidió saltar directamente a Boca, por potencia tuvo seis meses irrepetibles que lo enviaron directo a una Selección Argentina que ya no abandonaría. Por potencia se convirtió en el máximo goleador de la historia de la Fiorentina y esa potencia, ya combinada con la ambición, lo llevó a abandonar el Viola por su afán de ganar su primer Scudetto, que consiguió con la Roma. Es el segundo máximo anotador de la historia de la Selección Argentina. Jugó tres Copas América, siendo campeón en dos, y tres mundiales.   

    

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En julio de 1991 se jugó la Copa América de Chile. Argentina fue campeón invicto y Batistuta la figura y goleador de su primer torneo con la casaca albiceleste. Dos años más tarde, fue el autor de los dos goles que le dieron su segunda Copa América consecutiva en la final ante México.

El 25 de agosto de 1996, en el Giuseppe Meazza, Fiorentina ganó la Supercopa de Italia ante el Milan de Baresi, Maldini, Boban y Weah con dos extraordinarias anotaciones de Gabriel Omar Batistuta.

 

Aquellos que solo entienden que en este deporte lo importante son los medios desarrollados para competir, o que el espectáculo prevalece por sobre el objetivo, deberían abstenerse de leer la siguiente descripción.

Porque el apellido Ruggeri podría, tranquilamente, convertirse algún día en un sinónimo del sustantivo "ganador". Es que, más allá de virtudes técnicas, lo que sobresale y trae a Oscar Alfredo Ruggeri a este ránking es su espíritu. Un avasallador hambre de gloria que contagiaba a compañeros, entrenadores y hasta hinchas de sus equipos. El Cabezón se proponía ganar, y ganaba.

Uno de los grandes cabeceadores defensivos de todos los tiempos, aunque imponía respeto también en el área de enfrente, una mentalidad inalterable para plantarse en el cuerpo a cuerpo con los mejores delanteros del mundo y sentirse impasable. Inteligencia táctica para jugar en cualquiera de los dos puestos de la zaga central o como stopper en línea de tres y... ¿y?

Y el alma de ganador. Ganador con solo 19 años para ser titular y campeón en el Boca de Maradona. Ganador de absolutamente todo con River en un año insuperable para cualquier otro jugador en el planeta: Campeón local, de América, Interamericano, Intercontinental y del Mundo en 1986. Ganador con el Real Madrid para ser campeón de la Liga 89/90. Ya en el ocaso de su carrera, campeón también con el América de México y con San Lorenzo de Almagro.

Jugó 97 partidos y anotó 7 goles con la Selección Argentina. Es Campeón y Subcampeón del Mundo y ganó dos Copas América como capitán argentino.   

 

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El 3 de julio de 1990, en el San Paolo de Napoles, Italia y Argentina jugaron una de las semifinales más épicas de la historia de Mundiales. El Cabezón Ruggeri arrastraba una dolorosa pubalgia que le provocaba un dolor permanente y lo limitaba en movimientos. Así y todo, Carlos Bilardo le encomendó ser el custodio personal de Gianluca Vialli, el delantero italiano casi no tocó la pelota en sus 70 minutos en cancha. El DT italiano, Azeglio Vicini, acusó recibo y mandó al potente Aldo Serena en su lugar, directo a la lucha cuerpo a cuerpo con un Ruggeri que parecía impotente para completar 120 minutos en cancha. Fue una lucha titánica entre dos gladiadores, Ruggeri ganó también esa otra pulseada y desanimó de tal manera a Serena que este terminó fallando el último penal de la serie.    

 

Casi como un mix entre sus predecesores en este ránking, Ruggeri y Batistuta, el Matador Mario Alberto Kempes fue un ganador nato que conseguía sus logros a pura potencia.

Enganche o mediapunta con físico y porte de centrodelantero, Kempes arrancaba siempre desde atrás dejando un surco de arado a su paso. Cada pisada, por su tranco firme y decidido, parecía dejar una huella profunda en el césped. Dúctil técnicamente también para combinar o asistir, el Matador fue un goleador de esos que patean casi siempre fuerte y a asegurar, con gran capacidad para el juego aéreo también. Pero volvemos a sus principales virtudes, potencia para arrastrar marcas o llevarse rivales a la rastra a medida que progresaba con la pelota al pie, alma de ganador para no dar nunca por perdida ninguna lucha.

Forjó su carrera escalón por escalón, un puñado de partidos en Instituto, en los que marcó casi un gol por encuentro, le permitieron saltar a Rosario Central, club en el que se convirtió en ídolo tras conseguir 100 goles en dos años y medio y permitió que el fútbol europeo posara sus ojos en el Matador.

Con el Valencia español fue el gestor de una de las finales más evocadas del fútbol español cuando, con dos golazos de Mario, los Ché le arrebataron la final de la Copa del Rey al Real Madrid. Con el Valencia también consiguió Recopa y Supercopa de Europa. Es uno de los cuatro argentinos que han conseguido ser Pichichi de la Liga.

Fue campeón con River del Nacional de 1981, el año de los más prestigiosos superclásicos que tenían a Kempes, Passarella y Fillol del lado millonario contra Maradona, Brindisi y Gatti en la vereda de enfrente. Para conseguir ese título fue el autor del gol que sentenció la final de vuelta ante el Ferro  de Griguol en Caballito.

Marcó 20 goles en 43 partidos y jugó tres Mundiales con la Selección Argentina. Es Campeón Mundial 78. Es uno de los únicos dos argentinos, junto a Guillermo Stábile, en consagrarse como goleador de una Copa del Mundo.  

 

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Toda la ronda final de Argentina 78 mostró al mejor Kempes, fueron seis goles en cuatro partidos, y actuaciones imprescindibles para que Argentina consiguiera ese título. Su prestación fue in crescendo en toda esa Copa, hasta llegar al rescate de una Selección que jugaba una complicada final ante Holanda, consiguiendo dos de los goles que significaron el primer título mundial de la historia albiceleste.   

 

Un manual ilustrado de la completud en su puesto, un futbolista que ganaba partidos y campeonatos sin alejarse de su propio arco. La red de contención que le garantizaba a sus compañeros la seguridad de que la red de su propio arco estaba custodiada por el mejor de los expertos. El Pato Fillol fue, con distancia sobre el resto, el mejor arquero de la historia del fútbol argentino.

Con la velocidad y fuerza de piernas como disparador del resto de sus virtudes, a partir de sus piernas el Pato llegaba a pelotas que para cualquier otro eran imposibles, se desplazaba a enorme velocidad por el área para salir a cortar centros alejados de su arco y para anticipar en los mano a mano con los delanteros rivales. Arrolladora personalidad ganadora, reflejos de relámpago y visión de juego para ordenar a su defensa fueron otras de las múltiples cualidades de Ubaldo Matildo Fillol. Todo esto sumado a una prodigiosa intuición para detener penales, es todavía poseedor, junto a Hugo Gatti, del récord histórico de penales atajados, aunque el promedio favorece al Pato, que atajó la misma cantidad sobre un número menor de ejecuciones.  Tras debutar en Quilmes y destacarse en un año en Racing, Fillol pasó al club con el que quedaría identificado, fueron diez años jugando y siete títulos ganados con River Plate. Diferencias con la dirigencia provocaron su salida de Núñez, pasó un año en Argentinos, otro en Flamengo y otro más en Atlético de Madrid antes de volver a Racing para ganar la inolvidable Supercopa del 88. Se retiró a los 40 años, jugando en Vélez Sarsfield en un nivel superlativo.

 

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Muchos son los momentos que se podrían destacar en la carrera de Fillol. En especial todo su Mundial 78 fue de los mejores de un arquero campeón en la historia de los Mundiales pero, solo por destacar el gen competitivo del Pato, nos quedamos con su último partido como profesional. Fue el 22 de diciembre de 1990, en el Estadio Monumental, cuando con Vélez impidió que "su" River fuera campeón atajando en un nivel colosal y deteniendo el último penal de su carrera.

 

Si Daniel Alberto Passarella no es el número 1 de este desquiciado ránking es solo porque en Argentina nacieron tres futbolistas que escapan a cualquier contexto comparativo.

Un central con capacidad de marca, tenacidad y carácter del mejor defensor; Técnica, pegada de media y larga distancia y pase entre líneas del mejor mediocampista; Cabezazo, definición y potencia del mejor delantero, anotó la bestial cifra para un zaguero de 175 goles. Todo en uno era Passarella. Todo esto combinado con una de las mejores pegadas a pelota parada de la historia. Amén de una personalidad que lo convirtió en uno de los más influyentes capitanes de la historia de la Selección Argentina.

Passarella, de pierna fuerte y corazón hirviente, fue el máximo exponente argentino de la verguenza deportiva, la cabeza levantada aún en la derrota, la templanza para soportar los más hostiles ámbitos de presión.  

Tras debutar en Sarmiento de Junín, Passarella jugó ocho años y ganó siete títulos con River Plate. Continuó su carrera en la Fiorentina y el Inter de los años gloriosos del Calcio Italiano y se retiró jugando, otra vez, en River. 

Jugó 70 partidos marcando 22 goles con la Selección Argentina. Jugó tres Mundiales y es el único futbolista argentino bicampeón mundial.   

 

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Más allá de su extraordinario Mundial 78 y la imagen con la Copa en sus brazos. La foto más demostrativa del carácter "passarelliano" se vio el 30 de junio de 1985 en cancha de River. Argentina necesitaba empatar con Perú para clasificar directamente a México 86 pero, a diez minutos del final, perdía 1-2 en un trámite complicado cuando Passarella enarboló su clásica lanza y generó la jugada que derivó en el empate final anotado por Ricardo Gareca.  

 

 

 

 

 

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November 15, 2019

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