Emiratos Arabes Unidos

©2018 por Rashid Garcia. Todos los derechos reservados

LOS 100. Puestos 20 al 11

"El reglamento permitía muchas cosas, hoy no sé cuantos partidos terminaría en cancha", dice el propio Mariscal cuando le preguntan por lo áspero de su juego. Un recio con cara de bueno y al que esa cara de bueno lo ayudaba, otra vez según sus propias palabras. Pero claro, Roberto Alfredo Perfumo no fue el mejor 2 de la historia del fútbol argentino solo porque amedrentara a sus rivales mediante la pierna fuerte y el juego brusco. También los amedrentaba su imponente presencia, también los amedrentaba su timming para cerrar siempre en el momento justo sin necesidad de acrobacias ni exhibiciones atléticas, también los amedrentaba el poder de su prodigiosa capacidad de salto para ganar de arriba, también los amedrentaba su calidad para salir jugando siempre con la cabeza levantada y siendo el pilar de los movimientos ofensivos de sus equipos. Equipos que avanzaban confiados, sin temores a perder la pelota del medio hacia adelante, porque atrás esperaba Roberto, inspirando confianza.       

Cuando lo dejaron libre de River, con 17 años y jugando de volante izquierdo, el Mariscal se propuso jugar para ese técnico que no confió en él y buscar revancha. Llegó a Racing y tuvo suerte, aunque él todavía no lo supiera, se lesionaron los centrales titulares, Sanguinetti y Sacchi, y el visionario entrenador Juan José Pizzuti decidió reconvertir a dos volantes naturales en la que sería una de las mejores parejas de centrales de todos los tiempos: Perfumo y Alfio Basile. En Racing se quedó 11 años y ganó torneo local, Libertadores e Intercontinental. Jugó tres años y ganó cuatro títulos en el Cruzeiro antes de encontrar aquella revancha de juvenil y volver a River para formar otra dupla de excepción con Daniel Passarella y ganar el ansiado título de primera división que River no había conseguido por 18 años.

Jugó 37 partidos en la Selección Argentina, incluyendo los Mundiales de 1966 y 1974. Fue  capitán en el Mundial de Alemania Federal.   

 

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En agosto de 1967 se jugaron tres finales de Copa Libertadores entre Racing Club y Nacional de Montevideo. Hubo dos 0-0 consecutivos y un 2-1 favorable a La Academia en el tercer partido jugado en Santiago. El sostén principal de la solidez defensiva en esas finales, como en toda esa Copa, fue el Mariscal Roberto Alfredo Perfumo.

 

Así como el gentleman que capta la atención de todos los asistentes apenas llegar a la fiesta. Enseguida cautiva las miradas por como se viste, como camina, como se mueve y hasta por como agarra los cubiertos, porque cada movimiento suyo parece distintivo, exclusivo e impecable. Algo similar pasaba desde que Carlos Fernando Redondo pisaba un campo de juego, desde su forma de correr, de encontrar la posición, de controlar y pasar la pelota, hasta para quitar, parecía que Redondo jugaba sin esforzarse de más, sobrado, sin despeinarse, en puntas de pie, como si sintiera que los que giraban a su alrededor fueran sus aprendices o su auditorio. 

Ya hemos pasado, en este mismo espacio, por Sergio Batista y Esteban Cambiasso como exponentes de la clásica escuela de volantes centrales de Argentinos Juniors. Redondo era un compendio de ambos, la capacidad de ubicación para interceptar sin roce del Checho más la zurda aguda y el volumen de juego del Cuchu. El estilizado Fernando fue un jugador exclusivo, irrepetible.

Argentinos lo vio crecer y debutar, tres años de continuidad en el Bicho fueron suficientes, impensados en el fútbol de hoy, para disfrutarlo en su país natal antes de pasar al sorprendente Tenerife de inicios de los 90. Ese Tenerife le arruinó dos ligas al Real Madrid y parecía lógico que la Casa Blanca se llevara al mejor de su bestia negra. El Madrid, con Redondo, ganaría dos ligas, una Supercopa española, dos Champions League y una Intercontinental.

El final de su carrera, el AC Milan, se vio marcado por la discontinuidad producida por sus permanentes problemas físicos, aunque le bastó para sumar otra Champions a su palmarés.

Ganó la Copa América de 1993 y jugó el Mundial de Estados Unidos con la Selección Argentina.   

   

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El 19 de abril de 2000, en Old Trafford, se jugó el partido revancha de cuartos de final de Champions League. Real Madrid y Manchester United habían igualado 0-0 en la ida en el Bernabeu y, esta vez, Fernando Redondo brindó una actuación memorable para contribuir al triunfo de su equipo por 3-2. La jugada suya que concluyó en el tercer gol merengue, concretado por Raúl, quedó en las retinas como una de las acciones más estéticas e inusuales de la historia de esa competición. 

 

De los más genuinos producto con los que se pueda identificar a aquel viejo axioma que habla de la producción de jugadores que es el "potrero argentino", acaso el último exponente de esa fábrica que de a poco se va extinguiendo a medida que desaparecen los partidos en plazas, calles o baldíos improvisados como campos de juego. El Kun conserva  ciertos movimientos y capacidad de repentización aprendidos de tanto esquivar patadas de rivales poco dotados o de jugar paredes contra el cordón de alguna vereda.

Porque si algo caracteriza a Sergio Leonel Agüero es esa innata velocidad mental y de piernas para repentizar y encontrar siempre el resquicio justo para maniobrar y ejecutar la obra que mejor le sale: El gol. Una endiablada gambeta corta sumada a los ojos bien abiertos para sacar el remate con o sin la distancia ideal entre su pierna y la pelota lo transformaron en un goleador serial, implacable y que sigue mejorando sus registros partido a partido, hasta el día de hoy.

Conserva el récord como el jugador más joven en debutar en la primera división argentina, Oscar Ruggeri fue el entrenador de Independiente que lo mandó a una cancha profesional con solo quince años y un mes de edad. Rápidamente este niño prodigio captó la atención de los grandes clubes europeos y se marchó al Atlético de Madrid, dejando en el recuerdo actuaciones y goles inolvidables para los aficionados del  Rojo de Avellaneda. Como aquella apilada que concluyó con un extraordinario golazo en el clásico ante Racing del 11 de septiembre de 2005. 

Con solo 18 años, ya era titular en los Colchoneros y en sus cinco temporadas en Madrid marcó más de 100 goles, ganó una Europa League y una recordada Supercopa de Europa venciendo al gran Inter de Mourinho con fenomenal actación y gol del Kun incluidos. Pero su lugar en el mundo de la élite europea lo iba a encontrar en el Manchester City inglés, Agüero evolucionó en la Premier hasta convertirse en uno de los centrodelanteros de referencia del fútbol mundial y ya es uno, sino el mejor, jugadores de las historia de Los Ciudadanos, por lo pronto ya es el máximo goleador de esa historia, y sigue sumando. Doce son los títulos locales que lleva acumulados hasta el momento con el City y mantiene entre ceja y ceja la cuenta pendiente del título continental.

Su intermitente rendimiento con la camiseta de su país, de la que es tercer máximo goleador histórico,  es la única razón que impide que el Kun esté en un sitio más alto de este ránking. Sitio que, seguramente, merece. 

 

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El 13 de mayo de 2012, el Manchester City llegaba a la última fecha de la Premier igualado en puntos con el United y obligado a ganar ante el Queens Park Rangers para conseguir el título después de 44 años de sequía. El partido estaba igualado a dos y se jugaban tres minutos de tiempo adicionado cuando el Kun Sergio Leonel Agüero invento en el área una jugada cargada de su sello y clavó un furioso latigazo al primer palo que le dio el campeonato al City. 

 

El puesto de interno derecho (tal y como se lo denomina hoy en día) es uno de los que más mutaciones ha sufrido a través del tiempo. De ser el segundo de cinco delanteros en los inicios, con mayores responsabilidades ofensivas que otra cosa y jugando de tres cuartos en adelante pasó primero a ser un organizador, casi un segundo enganche, más tarde y en muchos equipos se transformó en un típico carrilero que hacía el ida y vuelta por la banda derecha hasta, de a poco, ir llegando a lo que, en general, vemos hoy: un jugador que tiene responsabilidades mixtas en la colaboración defensiva, la organización, la gestación y llegada a zona de definición.

Si le imprimimos un número genérico a la posición, ese número claramente va a ser el "8". Y el paradigma del 8, el interno derecho antes que existiera el interno derecho, el que modernizó el puesto cuando todavía nadie lo había imaginado tal y cual funciona hoy; fue Miguel Ángel Brindisi. 

Sin problemas para calzarse el overol y participar de la recuperación como un 5 tradicional, excelso a la hora de la organización y distribución del juego y con la voracidad de un dúctil centrodelantero a la hora de pisar el área rival, esa facilidad para definir sumada a su prodigiosa pegada con el pie derecho, tanto a la pelota parada como en movimiento, lo mantienen como uno de los 10 máximos goleadores argentinos de la historia del fútbol profesional. 

Último exponente de lo que fue la reconocida "fábrica de ochos para la Selección" que era Huracán, dinastía con modelos visibles como Tucho Méndez, Toscano Rendo o Coco Rossi. En el Globo se inició Miguel y en el Globo fue parte de uno de los mejores equipos que se vieron en Argentina: el campeonísimo del 73 con Menotti en el banco y Carlos Babington como compañero de conducción del juego dentro del campo. Tras nueve años en su Huracán, tuvo dos muy buenas temporadas en Las Palmas, volvió por un año a Parque Patricios y luego hizo valer el peso de su experiencia para ser lugarteniente de un joven Maradona en el Boca campeón del 81. En ese Boca intercambiaba funciones con Diego como un falso 9 y muchas veces se hizo cargo del equipo cuando el 10 estuvo lesionado. Sobre el final de su carrera, jugó en Primera B con Racing y fue campeón uruguayo con Nacional en el 83.

Jugó 46 partidos y marcó 17 tantos con la Selección Argentina, fue parte del Mundial de 1974.

 

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Todo el año 1973 de Miguel Ángel Brindisi fue de un nivel tan extraordinario que le permitió ser elegido como el segundo mejor jugador de América de esa temporada, detrás de un tal Pelé. Como partido destacado en su carrera, el mismo Brindisi menciona el triunfo con Las Palmas ante el Barcelona de Cruyff y Neeskens, fue 2-1 el 15 de enero de 1977.  

 

A romper moldes y acabar con los estereotipos de su posición. A eso llegó Silvio Marzolini a inicios de los 60 al fútbol argentino. Para romper el molde del típico lateral izquierdo argentino hasta ese momento, caracterizado siempre por su voluntad para la marca y el cuidado de su sector. Para acabar con los estereotipos del ídolo de Boca Juniors, más ligado siempre a la garra, la pierna fuerte y el corazón caliente.

Marzolini apareció en la primera de Ferro Carril Oeste y enseguida captó la atención de los equipos grandes de Argentina, tras apenas un año en Caballito fue Boca el que ganó la pulseada por su pase. Alto hasta el metro noventa, estilizado, presencia de defensor alemán pero con la capacidad de marca del argentino y la proyección de un brasileño. Apenas llegado a Boca, el entrenador José D´amico decidió hacer un movimiento táctico en su favor, quitar al clásico puntero izquierdo de la época para dejar espacio a las proyecciones de Silvio. Siempre acertado en la marca, en general con limpieza y siempre atinado para la proyección por sorpresa, con inteligencia táctica y excelente juego aéreo, favorecido por su porte físico.

Tras doce años en La Ribera, se retiró muy joven por desencuentros con la dirigencia, había ganado seis campeonatos y desechado ofertas del Milan y el Real Madrid, entre otros.   

Jugó 28 partidos con la Selección Argentina, fue el lateral izquierdo titular en los Mundiales de 1962 y 1966.

 

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Durante julio de 1966 se jugó la Copa del Mundo en Inglaterra. Argentina alcanzó los cuartos de final y fue eliminado por el local tras un partido de escándalo. Pero Silvio Marzolini se ganó el reconocimiento como mejor lateral izquierdo del Mundial. Argentina tenía, por primera y acaso única vez en su historia hasta hoy, al mejor lateral del mundo. 

 

Ya hemos tenido, en este mismo espacio, a varios jugadores que se se ganaron su lugar en este ránking gracias a su rol como lugartenientes, aquellos que saben ser vitales para el cumplimiento de los objetivos grupales sabiendo ocupar un rol secundario, tomando las riendas cuando el jugador franquicia de sus equipos estuviera cubierto, en un mal día o ausente. 

Y el emblema, el buque insignia de todos esos lugartenientes es, sin dudas, Jorge Luis Burruchaga. Un hombre orquesta que podía ejecutar cualquier instrumento que requiriese el director o adaptarse a todo tipo de partitura.

Capaz de ocupar múltiples posiciones en el campo de juego, no solo desde el inicio como puesto fijo asignado, sino en un mismo partido, su inteligencia táctica y enorme sentido estratégico le permitían ser el timón que decidía cuando, como y por donde ejecutar las acciones, casi siempre ofensivas, de su equipo. Todo esto sumado a una casi perfecta capacidad de pase, ubicación posicional para el quite, claridad mental de cara a gol y aceptable cabezazo convierten a Burru en uno de los futbolistas más completos de la historia nacional. 

Tras sus inicios en Arsenal de Sarandí, pasó a Independiente para convertirse en el socio perfecto de Ricardo Bochini, juntos fueron parte del gran Rojo que ganó título local, Copa Libertadores e Intercontinental. El aporte de Burruchaga fue especialmente vital en el torneo continental y en las finales ante Gremio, fue en esas finales en las que convirtió el gol exclusivo y definitorio. Tras siete años en el Nantes de Francia y uno en el Valenciennes del mismo país, volvió a Avellaneda para ganar Copa y Recopa Sudamericanas y retirarse jugando otros casi 100 partidos, todavía pleno, siempre vigente e importante.

En la Selección Argentina fue el lugarteniente predilecto de Diego Maradona, jugó 59 partidos y  marcó 13. Fue parte de dos Copas América y dos Mundiales. Es campeón y subcampeón del mundo. 

 

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El 29 de junio de 1986, Jorge Luis Burruchaga anotó el gol más importante de la historia del fútbol argentino. Aquel que definió la final del mundo ante Alemania, en México 86, y que destrabó un partido que estaba 2-2 a seis minutos del final..

 

"He oído que la noche es toda magia y que un duende te invita a soñar", dice una canción de los Héroes del Silencio que permite jugar con esas mismas palabras y describir brevemente al Loco René: Un duende nocturno que invitaba a soñar a pura magia. Un genio intuitivo, ni él sabía a ciencia cierta como conseguía esas hazañas en una baldosa, como superaba defensores casi sin esfuerzo con movimientos de prestidigitador. Intuitivo también para encontrar su mejor posición de ataque, arrancaba siempre como puntero derecho pero solo entendía que si el mejor camino para provocar el desnivel estaba del otro lado, se corría de punta y tenía la misma facilidad para amagar, driblear y pasar con la pierna cambiada. También definía con la misma facilidad con ambas piernas.  Un mago desgarbado, bajito e impredecible; dueño de una habilidad tan extraña como efectiva, pero además con viveza para encontrar los espacios. Un genio de potrero, un freestyler antes de los freestylers. Pero no de esos freestylers que solo hacen malabares en el aire fuera de la cancha, él hacía malabares con tres defensores o un arquero encima.

Se inició en Defensores de Belgrano, pero Huracán fue su casa y con Huracán fue campeón con el ballet del 73, jugó en varios equipos y hasta fue parte del plantel campeón de todo de Independiente en el 84. Pero René Orlando Houseman es puro Globo de Parque Patricios por donde se lo mire.

Jugó dos Mundiales con la Selección Argentina, tuvo una destacada actuación en el del 74 y fue Campeón Mundial en Argentina 78. 

 

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El 19 de junio de 1974, en Stuttgart, Argentina jugaba un partido clave para sus aspiraciones de avanzar de ronda en el Mundial de Alemania Occidental. El rival era una multiestelar Italia, subcampeón del mundo en vigencia. El partido terminó 1-1 pero René Orlando Houseman tuvo una actuación sobresaliente que coronó con un zurdazo alto para batir a Dino Zoff y que es parte de la antología de mejores goles argentinos en mundiales. 

 

El modelo mejor logrado del futbolista moderno, un dechado del sentido de pertenencia a un estilo de juego y a una institución, un europeo nacido en Dock Sud. Desde su aparición dejó notar que el fútbol argentino estaba en presencia de un jugador de características inusuales para los antecedentes locales en su posición. El lateral derecho total, dotado de una técnica y una potencia prodigiosas para surcar la banda derecha como punto de partida de acciones que podían terminar en cualquier sector de la ofensiva de su equipo. A partir de una capacidad física privilegiada que le garantizaban potencia y velocidad consiguió ser dúctil con la pelota, preciso para la terminación de las jugadas, eficaz en la marca, estratega aún desde el lateral derecho y poseedor de una personalidad arrolladora para transformase en líder natural de sus vestuarios. 

Tras su debut en Talleres de Remedios de Escalada saltó rápidamente a Banfield, fue en el Taladro donde sus actuaciones y maniobras fuera de lo habitual llamaron la atención de los observadores europeos hasta que el Inter se hizo del Pupi y en el Inter fue que Zanetti tuvo su evolución final hasta convertirse en un tractor que es referencia inevitable en su puesto. En Italia fue un One Club Man, con 18 años jugados en el Inter, 15 de ellos como capitán y máximo referente del equipo. Fueron 16 los títulos que, con Zanetti en cancha, el Inter sumó a su palmarés, incluidas la inolvidable Champions League de 2010. 

Es el segundo futbolista con más presencias en la historia de la Selección Argentina. Con la Albiceleste jugó cinco Copas América y dos Mundiales.   

 

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Durante toda la campaña del Inter en la UEFA Champions League 2009-10, el nivel de Javier Adelmar Zanetti fue altísimo, bajo las órdenes de José Mourinho y jugando tanto en su posición natural como de lateral izquierdo o interno derecho, Il Capitano fue uno de los bastiones de ese logro. Tras la final ante Bayern Múnich, que fue su partido 700 en el Inter, Zanetti se convirtió en el primer capitán argentino en recibir el trofeo de la Champions League.   

 

Por ser este un sitio web no apto para refutadores de leyendas, el Loco Corbatta bien podría ocupar el primer lugar, con la diferencia de que esta es una leyenda de la que tenemos mucho para contar, hay imágenes para verlo en acción, referencias suficientes, caminos que nos llevan a entender.

Por acá creemos que, sobre todo en el fútbol argentino, los cracks tienen marcada una linea sucesoria, una carga genética que los identifica, también nos remontamos a aquello de que "Todo puntero derecho está un poco loco" y es ahí donde nos detenemos a trazar una linea recta que une a Corbatta con Bernao, Houseman o el más moderno Caniggia. Todos especiales, todos desfachatados, aparentemente desinteresados, evidentemente geniales.

Muchas cosas podrían remarcarse sobre la vida de Corbatta y muchas de ellas nos llevarían a entenderlo también dentro de la cancha, pero es tanto que para ese efecto preferimos recomendar el libro "Corbatta, el wing", del gran periodista y escritor Alejandro Wall.

Ahora nos metemos en la cancha con el Loco e intentamos seguirle los pasos para encontrar a un bufón capaz de alegrar a cualquier rey, pero siempre sintiéndose bufón. Tanto que más que "el Loco", el apodo que creemos mejor le cae a Corbatta es el que eligió Juan José Pizzuti: El Arlequín.

Medias bajas, piernas chuecas, mirada bonachona clavada siempre en la pelota y una manía por enredar piernas rivales, era imposible saber hacia donde iba a arrancar, cuando iba a frenar, que ruta tomarían sus enganches, sus amagues. Letal para la llegada al fondo y el centro atrás, decidido y eficiente a la hora de ir hacia el arco, rematando fuerte al primer o segundo palo o regalando un enganche más, porque Oreste Osmar Corbatta, tal como como figuraba su nombre en su partida de nacimiento, siempre tenía un enganche más en la manga. Poseía, además, una efectividad casi infalible a la hora de los remates desde el punto del penal.  

Muchos creen que Corbatta fue un jugador de culto o un crack al que el mito y el boca a boca agigantaron, pero el Loco se ganó a pulso cada uno de los halagos que pudiera recibir. Ayer, hoy y mañana. Nada será exagerado, ni siquiera decir que fue uno de los más grandiosos futbolistas que dio el Rio de la Plata. 

Debutó en Racing, en Racing fue feliz y con La Academia dejó sus mejores tardes y ganó dos títulos. Más tarde también sería bicampeón con Boca Juniors y con solo 29 años se marchó a Medellín para jugar en Independiente y para que su estrella empiece a apagarse. Aunque, para ser exactos, la estrella del Loco Corbatta todavía brilla, y seguirá brillando.

Ganó dos Sudamericanos con la Selección Argentina, el primero, en 1957, brillando y formando parte de una de las mejores selecciones de todos los tiempos. Jugó también en el Mundial de Suecia.  

 

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El 20 de octubre de 1957, Argentina y Chile se enfrentaban en La Bombonera en partido correspondiente a las eliminatorias mundialistas. Argentina ganó 4-0 pero el resultado sería solo una anécdota si en ese partido no hubiese existido aquel arranque de Corbatta desde mitad de cancha, ese quiebre de cintura para dejar en el camino al lateral Astorga, ese amague y enganche hacia el medio del área para poner a barrer el piso con la cola al central Salazar, esos segundos para esperar la salida del arquero y ese toque de cachetada para sentenciar el resultado, un gol al más puro estilo Corbatta.

Vaya de yapa el gol conseguido ante Alemania en el Mundial de Suecia con una gambeta y remate furioso al primer palo que entró y salió del arco. Ese partido y todo aquel mundial no fueron positivos para Argentina, pero Corbatta dejó su marca con tres goles.  

 

"A cinco cuadras de casa vive una leyenda", me dijo mi padre una tarde y me propuso remontar la Avenida Constitución desde su nacimiento y en su camino hacia la Ruta 200, todo en Merlo. Íbamos por la vereda de enfrente, cosa de no invadir demasiado, y de pronto sentí el tirón en mi brazo que proponía cruzar la calle. Yo era muy chico pero recuerdo haber visto a un señor grandote, sentado en una silla también muy grande, en el frente de una casa americana. Por respeto el acercamiento no fue menor a unos tres metros. 

"Buenas tardes, Don José. Mirá, hijito, ese que está ahí es el mejor jugador de la historia", el hombre extendió la mano y esbozó una sonrisa: -¿Qué mejor? Ni entre los 100 mejores estoy. 

Saludamos y nos fuimos. Hoy ya no están dos los participantes de aquel pequeño diálogo de vecinos pero me animo a decirle a ambos que sí, que el Charro Moreno está entre estos 100 y podría estar más arriba si no fuese por cierto egoísmo generacional que le otorga inconscientes prioridades a lo que uno vio,  postergando acaso injustamente a aquellos relatos de hazañas irrepetibles. Muchos narradores de aquellos relatos aún hoy sostienen que el Charro fue el mejor de todos. apagando incluso el reflector que ilumina las proezas de Maradona y Messi. 

Osvaldo Ardizzone le preguntó, también en Merlo, cuál fue su mayor virtud futbolística y Moreno respondió: "La nobleza". Y utilizaremos la nobleza como punto de partida para destacar su visión de juego, esa que remarcaba siempre Alfredo Di Stéfano y que, según la propia Saeta Rubia, fue el motor que impulsó cada una de las otras capacidades del Charro. Su visión de juego le permitía encontrar siempre el mejor sitio para ubicarse en cancha, le permitía elegir con certeza cuando gambetear o cuando pasar la pelota, le permitía definir con exuberante precisión o asistir con un bisturí. "Siempre dejaba la pelota a favor del compañero lanzado en velocidad", dijo también Di Stéfano. 

Si hay que pensar en una camiseta con la que identificar a José Manuel Moreno es, sin dudas, la de River Plate. En River jugó doce años, ganó 14 títulos, formó parte de "La Máquina" y dejó sus mejores hazañas como profesional. Todo esto, curiosamente, siendo un declarado hincha de Boca que hasta se dio el gusto de jugar con esa camiseta en 1950.

Jugó 34 partidos marcando 19 goles con la Selección Argentina y ganó dos Copas América.

Moreno es, junto a Di Stéfano, la bandera más nítida de lo que pudo ser y no fue, al haber jugado en una era sin Mundiales para Argentina. 

 

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Durante el mes de diciembre de 1947 se jugó el Sudamericano, hoy Copa América, en Ecuador. Argentina fue campeón invicto con un ataque brillante formado por Boyé, Méndez, Di Stéfano, Moreno y Loustau. La figura descollante del torneo fue José Manuel Moreno.  

 

 

 

 

 

 

 

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November 15, 2019

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