Emiratos Arabes Unidos

©2018 por Rashid Garcia. Todos los derechos reservados

LOS 100. Puestos 40 al 31

¿Potencia física para contener los embates rivales? Bastante pero, sobre todo, potencia mental para sentirse siempre más fuerte. ¿Habilidad para gambetear oponentes? La suficiente pero, antes que nada, convicción para ir siempre hacia adelante. ¿Precisión para los remates a puerta? La necesaria pero, en primer lugar, el optimismo para confiar siempre en sus posibilidades.

Carlos Alberto Tévez fue un creyente, un devoto de sus propias posibilidades. Luchando y creyendo llegó a la primera de Boca y fue protagonista en un título local, una Libertadores, una Intercontinental y una Sudamericana. Luchando y creyendo llegó a Corinthians para ser campeón del Brasileirao y ser mejor jugador del torneo. Luchando y creyendo recaló en lo que parecía ser solo una escala en el West Ham pero terminó promoviendo aquella épica salvación del descenso. Luchando y creyendo dio el salto grande al United para ganar cuatro títulos locales, una Champions League y un Mundial de Clubes. Luchando y creyendo cruzó de vereda y ganó tres títulos con el City. Luchando y creyendo llegó a la poderosa Juventus para ganar otros cuatro títulos y arañar la Champions League, llegando a la final. Luchando y creciendo fue parte de la Selección Argentina que se colgó el brillante oro en Atenas, siendo el Apache el goleador del torneo, luchando y creyendo jugo cuatro Copas de América y dos mundiales.

El ocaso no está tratando bien a Carlitos, como el ocaso no ha tratado bien a la mayoría de los integrantes de este ránking, como suelen tratarnos los ocasos.

 

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De un futbolista que ha coleccionado más de 25 títulos en su carrera, con multitud de actuaciones descollantes y goles determinantes, sería fácil elegir a uno de esos momentos para completar esta descripción. Pero el partido, la jugada y el instante que pintan a la perfección el espíritu de lucha y fe de Carlos Alberto Tévez se produjo el 13 de mayo del 2007, West Ham llegaba a Old Trafford en zona de descenso y debía vencer al poderoso United para escapar de la relegación. Amén de jugar un partido extraordinario, Tévez sentenció el resultado con un gol que venía impregnado con su sello, trabó, jugó una pared, volvió a trabar y fue a buscar una pelota inalcanzable de cara a Van der Sar. Luchando y creyendo fue gol y salvación para los Hammers.

 

Todo equipo plagado de estrellas necesita de un lugarteniente para completarse a sí mismo. No hay brillo de las individualidades más rutilantes sin un eslabón que amalgame tantos talentos con el fin de sacar lo mejor de cada uno. Estos lugartenientes suelen tener un perfil bajo y ser los que menos fotos se llevan al final de cada función. José Héctor Rial fue una de esas ruedas de auxilio que hacen mejores a sus equipos y terminan haciendo siempre lo necesario, desdoblarse para contener, combinar para progresar, habilitar a los que mejor definen y definir per sé cuando es necesario.

El Monje Blanco debutó en San Lorenzo y pronto se fue a Independiente Santa Fe primero y a Nacional, donde fue campeón, después.

Alfredo Di Stéfano lo había visto cuando coincidieron en el fútbol colombiano y lo pidió para su Real Madrid, que ya había ganado su primer Copa de Europa pero al que le faltaba algo para potenciarlo como equipo imbatible, ese algo era Rial. Y Rial completó la delantera con Raymond Kopa, La  Saeta Rubia, Ferenc Puskas y Paco Gento. Ese equipo terminaría ganando 4 ligas y 4 copas de Europa más. En el final de su carrera pasó por otros clubes de Chile y Europa. Jugó cinco partidos con la Selección de España.   

 

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El 13 de junio de 1956, en el Parque de los Príncipes, se jugó una trepidante final de la Copa de Europa. El Real Madrid venció por cuatro a tres al Stade de Reims. El Nene Héctor Rial fue la figura determinante del partido y marcó dos goles, uno de ellos el definitivo a 10 minutos del final y cuando el partido estaba 3-3. 

 

Si  al fútbol lo llaman arte es, en gran parte, responsabilidad de artistas como René Alejandro Pontoni. Pinta de galán de película americana, elegancia para caminar, correr y hasta para levantar la mirada y observar a donde iba a enviar la pelota. René fue un dandy jugando a la pelota. Para ser más contundentes, mejor que lo explique el periodista Juvenal: "El centrodelantero más fino, armonioso, elegante, sutil y brillante de la historia del fútbol nacional". 

Nacido en Newell´s, pasó a San Lorenzo tras jugar cinco años y meter 67 goles en poco más de 100 partidos con la casaca rojinegra. Ya en el Ciclón, sería parte de uno de los tridentes de ataque más recordados del fútbol argentino, ese Farro-Pontoni-Martino que cualquier sanlorencista de pura cepa conoce de memoria. Ganó el campeonato del 46 y emigró en el 49 para ser parte de la Era Dorada del fútbol colombiano, jugando en el Independiente Santa Fe junto al Nene Héctor Rial. 

Fue tricampeón de América con la Selección Argentina, con esa camiseta jugó 19 partidos y metió 19 goles.  

 

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Entre fines de 1946 y principios de 1947, San Lorenzo de Almagro emprendió una gira por España y Portugal en la que deslumbraría a mundo del fútbol. Ganaron cinco partidos, empataron cuatro y perdieron solo uno. Marcaron 46 goles y los partidos más resonantes fueron ante la Selección de España, a la que vencieron por 7-5 en el primer cruce y 6-1 después, y frente a la Selección de Portugal, sobre la que triunfaron por 10-4 con cuatro tantos de un Pontoni que provocó un terremoto mediático en Europa al ser la figura preponderante de esa gira.  

 

Un torbellino de energía, para arrancar desde su posición natural de lateral izquierdo y aparecer por cualquier sector del campo, incluso en el área rival para definir con la prepotencia de un goleador. Un huracán de fútbol, con técnica y sutilezas propias de un enganche, también ha jugado muchos, y muy buenos, partidos como segundo central, carrilero izquierdo o doble cinco. Una tormenta de personalidad, para transformarse en caudillo de casi todos los equipos en los que jugó, capitán en varios y líder siempre. Metió la inusual, para un defensor, cifra de cincuenta goles en su carrera. 

De la escuela de Parque saltó por decantación natural a Argentinos, apenas un año y veinte partidos le bastaron para convertirse en el mejor lateral zurdo del país y que la Juventus pose sus ojos en él y se lo lleve a Turín. Demasiado joven, no pudo adaptarse y encontró su espacio en el River de Ramón Díaz. Con los millonarios ganó seis títulos, incluidos una Copa Libertadores y Supercopa Sudamericana. En el 2000 pasó al Cruzeiro, club en el que cumpliría tres ciclos y acabaría siendo ídolo indiscutido. Pasó por la Lazio, el Barcelona y el PSG antes de recalar en el sorprendente Villarreal de Riquelme y Forlán que alcanzaría las semifinales de la Champions League 2006.

Fue el capitán de la deslumbrante Argentina campeona sub-20 en Qatar, con la selección absoluta jugó dos Copa América y dos mundiales. Fue el capitán en Alemania 2006.   

 

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El 8 de junio de 2005, la Selección Argentina recibió a Brasil  en el Estadio Monumental y en el marco de las Eliminatorias para Alemania 2006. Argentina venció 3-1 en un partido memorable y en el que Juampi Sorín se destacó jugando, prácticamente, de todo y en un mismo partido. 

 

Pasión, garra, sacrificio, despliegue, entrega... Valores que parecen exclusivos para convertirse en ídolo de una hinchada como la de Boca, Pero hubo futbolistas capaces de romper con esa dinámica xeneize y acaso el primero de ellos haya sido Ángel Clemente Rojas. Coraje, sí, pero coraje para pedir la pelota en cualquier sector de la cancha, en cualquier cancha, y desde ahí construir, siempre en base a una gambeta endiablada, Rojitas fue un rupturista, un rupturista de la historia y de cinturas rivales.

Sobre el final de su carrera pasó por varios equipos, Racing entre ellos, pero Boca fue su casa y en Boca desarrolló la mayor y mejor parte de su historia profesional, ganó seis títulos con la camiseta azul y amarilla.

Jugó dos partidos en la Selección Argentina

 

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El 23 de diciembre de 1970, se juega la final del Campeonato Nacional a partido único en el Estadio Monumental. El rival de Boca es Rosario Central, el equipo de La Ribera vence por 2-1 en tiempo suplementario pero la figura deslumbrante de Ángel Clemente Rojas, autor del primer gol, se destaca por sobre todo. Según él mismo, fue el mejor partido de su carrera.  

 

Veloz, goleador, no tan hábil como intuitivo en el mano a mano. De Ricardo Daniel Bertoni se podrían citar muchas cualidades pero a este puntero derecho, devenido a delantero por todo el frente de ataque, hay una cualidad que lo distingue por sobre todos los demás en la historia del fútbol argentino: Su extraordinaria imaginación para armar paredes. Dobles, triples, a un toque o dos. Siempre preciso para la descarga, siempre rápido para ubicarse y recibir el pase del  compañero y a seguir construyendo. 

Se inició en Quilmes en dónde rápidamente se convirtió en una de las mayores promesas de inicios de los 70 y enseguida pasó a Independiente. En el Rojo encontraría su primer socio para aquello de combinar en pared, Ricardo Bochini. Juntos consiguieron el increíble Campeonato Nacional que se definió con una final de locura ante Talleres en Córdoba. A ese título le sumaría tres Libertadores, tres Interamericanas y una Intercontinental antes de viajar a Europa para jugar en el Sevilla, primero, y enseguida a la Fiorentina para encontrar otro socio para la construcción de jugadas en pareja, Giancarlo Antognoni. Más tarde también jugaría paredes con Maradona en el Napoli y se retiró en el Udinese. 

Jugó dos mundiales con la Selección Argentina y fue campeón del mundo en 1978.

 

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El 25 de junio de 1978, Argentina ganó su primer campeonato del mundo tras vencer por 3-1 a Holanda en la final. El tercer gol, obra de Daniel Bertoni, llegó por el único camino por el que podía llegar tan importante gol de Bertoni: Una pared, en ese caso con Mario Kempes.

 

El recurso parecía simple, ¿Vieron que Messi parece que hace siempre la misma jugada y siempre termina en gol? Los defensores saben lo que va a hacer, lo esperan, se concentran, se preparan... Y no hay caso, terminan mirando el final de la jugada. Algo similar sucedía con Ángel Amadeo Labruna, era cuestión de encontrarse con la pelota, cerca o dentro del área, encorvar el cuerpo hacia adelante para que el tiro no se levante y elegir el remate, de zurda, derecha, como fuera, pero terminaba en gol. Si dicen que de tanto encorvarse para asegurar el disparo es que parecía jorobado cuando corría. 

El Feo es River, no hay mucho más que detallar de su carrera, no tiene sentido. Fueron 20 años con la banda roja cruzándole el pecho para terminar por convertirse en el máximo ganador de títulos de la historia del club, el máximo goleador -segundo de toda la historia del fútbol argentino-, el máximo goleador en superclásicos y el honor más honorable de todos: Su fecha de nacimiento fue declarada Día Internacional del Hincha de River.  

Goleador con La Máquina de Muñoz, Moreno, Pedernera, Labruna y Loustau. Y sin la máquina, quien lo acompañara daba igual, Angelito seguía haciendo la misma jugada, y siempre terminaba en gol.

Ganó dos Copas América y y jugó un Mundial con la Selección Argentina.

 

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El 19 de octubre de 1941, en el Estadio Monumental, se produjo la mayor goleada riverplatense en la historia del Superclásico del fútbol argentino. Fue 5-1 con Labruna como autor del primer gol y figura del partido. El siguiente River-Boca fue el 19 de julio del 42. Los de Núñez volvieron a golear, ahora 4-0 con dos goles del Feo, que otra vez fue la figura del cotejo. 

 

"El optimista del gol". Difícil ir más allá con la descripción de las capacidades de Martín Palermo que aquellas cuatro palabras con las que lo definió su entonces entrenador, Carlos Bianchi.

El Loco Palermo fue lo que se propuso ser, no importó que Estudiantes lo cediera a préstamo a San Martin de Tucumán por que no le encontraba lugar. Volvió y se propuso cambiar su historia y rompió redes a puro "como sea" hasta que lo convocó Boca. No importó que no se le abriera el arco por varios partidos porque él sabía que tras el primero, lloverían los demás. No importó que se le partieran los ligamentos de la rodilla, rengueando metió un gol. No importó que volviera a media máquina en un partido clave por Libertadores ante River, metió un gol. No importó que se le cayera una pared encima en el Villarreal y le desintegrara el tobillo, volvió y siguió metiendo goles.

Es casi anecdótico decir que fue uno de los mejores cabeceadores de la historia del fútbol argentino, que con Boca ganó seis títulos locales, dos Libertadores, una Intercontinental, dos Sudamericanas, tres Recopas Sudamericanas y que es el máximo goleador de la historia del club.

Anecdótico decimos porque, al fin y al cabo, el Loco Martín Palermo consiguió todo lo que se propuso conseguir.   

Jugó una Copa América y un Mundial con la Selección Argentina.

 

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El 28 de noviembre de 2000, Boca Juniors venció por dos tantos contra uno al Real Madrid en el Estadio Olímpico de Tokio y obtuvo así su segunda Copa Intercontinental, Martín Palermo fue el autor de las dos conquistas.     

 

Tan reflexivo fuera como dentro del campo de juego. Un centrodelantero atípico para su porte, no necesitó ser un goleador serial para ser siempre importante para sus equipos. Rueda de auxilio permanente, eficaz para el juego de espaldas, la descarga y el pivoteo de cabeza. Jorge Alberto Francisco Valdano entendía el juego como pocos. Supo ser único nueve como segunda punta, sobrio y atento de cara al gol, casi siempre elegía tirar a colocar, como todo en su carrera, cada paso que daba, cada pelota que jugaba, precedía de un rápido análisis de las circunstancias y el contexto. 

Esta capacidad de reflexión y análisis la trasladó al manejo de su carrera, nativo de Las Parejas, debutó en Newell´s y fue parte del primer título oficial de La Lepra, emigró muy joven a España y, otra vez, decisiones meditadas a favor de su madurez personal y futbolística. Tres años en al Alavés, cinco en el Zaragoza y, por fin, el salto a la cumbre de su carrera, el Real Madrid. Con la Casa Blanca obtuvo cinco títulos. 

Jugó 22 partidos y convirtió 11 goles con la Selección Argentina. Cuatros de esos goles fueron durante México 86. Mundial en el que se consagraría campeón. 

 

 

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El 29 de junio de 1986, Argentina ganaría su segundo mundial tras vencer por 3-2 a Alemania Federal en el Estadio Azteca. El Filósofo Jorge Valdano anotó el segundo gol tras una gran jugada colectiva que él mismo había iniciado, arrancando como lateral derecho.

 

"La Selección es Mascherano y diez más", sentenció Diego Armando Maradona en 2008 al asumir como entrenador de Argentina y designar al Jefecito como el capitán del equipo que afrontaría la última parte de las Eliminatorias y el Mundial de Sudáfrica. Pero esa definición maradoniana ya estaba asumida desde hace rato por un Mascherano que durante quince años fue un símbolo de la Albiceleste. Nacido en San Lorenzo, Santa Fe y formado como volante central en River, debutó en la Selección incluso antes de llegar a primera.

Volante central clásico, de puro despliegue, voluntad, quite y pase atinado al compañero mejor ubicado. Casi siempre sin complicarse en demasía, buscando la descarga rápida que mantuviera a su equipo en transición ofensiva. Destacado por sus cierres in extremis contra volantes o atacantes rivales que avanzaban en velocidad hacia su área y por una cualidad fundamental para un jugador en su posición, cortar y pasar en un solo movimiento, interrumpir el movimiento rival al mismo tiempo que ponía a un compañero en juego.

Con River fue campeón en 2004 antes irse rápidamente a ganar el Brasileirao con el Corinthians y enseguida saltar a Europa para jugar en el West Ham primero y alcanzar la repercusión europea en sus cuatro temporadas en el Liverpool. En 2010 se sumaba a uno de los mejores equipos de todos los tiempos, el Barcelona de Pep Guardiola y se encontraba con dos novedades, Guardiola lo quería como marcador central -había jugado varios partidos en el Liverpool en esa posición- y sería suplente al llegar. Pero las lesiones de Puyol, Abidal y un Gabriel Milito que estaba ya en su etapa final, le abrieron la posibilidad de jugar muchos partidos y ganarse la confianza del director técnico. Ya con el retiro de Puyol, Javier Mascherano se asentó como el compañero fijo de Gerard Piqué en un dúo central que jugaba siempre mano a mano con delanteros rivales y a campo abierto. La velocidad de traslado y la intuición para el quite del Jefecito le permitieron terminar como una de las figuras de ese equipo multicampéon. Mascherano dejó el Barcelona tras ganar 19 títulos, incluyendo dos Champions League y dos mundiales de clubes.

Ganó dos medallas de oro olímpicas con la Selección Argentina, con la que además jugó cinco Copas de América y cuatro Mundiales. Fue subcampeón del mundo en Brasil 2014. Es el futbolista con más presencias en la historia albiceleste.

  

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El 9 de julio de 2014, en el Arena Corinthians de Sao Paulo, Argentina enfrentaba a Holanda por una de las semifinales de la Copa del Mundo. El partido terminó 0-0 y fue ganado por Argentina en la definición por penales. Javier Alejandro Mascherano jugó un partido extraordinario multiplicándose en el despliegue en la zona media y realizó un cierre inverosímil, por la proeza física conseguida, en el vértice derecho del área chica, que sirvió para quitarle la pelota del pie izquierdo a un Arjen Robben que se aprestaba a rematar. Ese cierre fue contado, por sus propios compañeros y especialistas, casi como un gol a favor.

 

 

 

 

 

 

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November 15, 2019

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