Emiratos Arabes Unidos

©2018 por Rashid Garcia. Todos los derechos reservados

LOS 100. Puestos 50 al 41

Casi simbólicamente ocupa la mitad de este ránking solo por generar de manera automática una inquietante pregunta sin respuesta aparente: ¿Qué puesto ocuparía de haber acertado aquellas tres fallidas definiciones en tres finales diferentes? No lo sabemos, lo que sí sabemos es que Gonzalo Nicolás Higuaín es, ahora sí sin dudas, uno de los mejores centrodelanteros de la historia argentina.

El Pipita, además de un goleador natural, fue y es un futbolista plagado de recursos técnicos para retroceder a generar juego o pivotear a un toque para el compañero que llega de frente para definir.

Su rutilante aparición en River le permitió llamar la atención del club más poderoso del mundo y siete temporadas en el club blanco le permitieron alzarse con seis títulos. Pasó al Napoli para conseguir un récord histórico como máximo anotador de una temporada de Serie A. Tras una tumultuosa salida de la institución partenopea llegó a la Juventus, club con el que lleva ganados cuatro títulos y en el que está de retorno tras dos breves pasos por Milan y Chelsea. 

Jugó tres Copa América y tres mundiales con la Selección Argentina, fue subcampeón del mundo en Brasil y es uno de los 6 jugadores que han conseguido superar la línea de los 30 goles con la casaca albiceleste.

 

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El 14 de mayo de 2016, el Napoli recibía al Frosinone por la última fecha de la Serie A. Higuaín llegaba dos goles por debajo de una marca que había establecido el sueco Gunnar Nordhal, del AC Milan en el año 1950, 35 goles en una sola edición de la Serie A. 

Pipita anotó un hat-trick y consiguió un récord histórico para el fútbol italiano. 

 

Dijimos antes que Héctor Scotta podría ser el antepasado futbolero de Batistuta. Sí buceamos un poco más atrás en la historia llegamos a un futbolista impregnado con ese mismo perfil genético. Y encontramos en el Atómico Mario Boyé a otro jugador de remate potente y un físico imponente, lo que le permitía ganar con solvencia y decisión en el juego aéreo y conseguir una vasta capacidad goleadora. 

Boyé fue un goleador de esos que dejan al espectador con la boca abierta ante la fortaleza de sus remates. Disparos que podían escucharse desde lo más alto de cualquier cancha Debutó en Boca y jugó ocho años ganando varios títulos, ya era ídolo xeneize cuando se fue a Europa para jugar en el Genoa y pasar por Millonarios de Colombia y volver a Racing para convertirse, también, en ídolo de La Academia, ganando dos títulos en 3 años. Cerró su carrera jugando unos meses en el club que lo vio nacer. 

Ganó el tricampeonato sudamericano 45-46-47 con la albiceleste y, el 9 de mayo de 1953, fue el autor del primer gol de la Selección Argentina en Wembley, ante Inglaterra. Igual que ya hemos visto con otros futbolistas de esta lista, no tuvo la posibilidad de jugar un mundial por jugar en la era sin mundiales o sin participación argentina.

 

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El 5 de diciembre de 1951 se juega la segunda final por el campeonato de primera división, Racing y Banfield habían igualado en puntos y jugaron una primera final en el Gasómetro, el 1 de diciembre. Pero empataron 0-0 y repitieron escenario para la revancha. Revancha que se definió con un impactante bombazo de Mario Emilio Heriberto Boyé que dejó sin chances al arquero Graneros. 1-0 y La Academia se convertía en el primer tricampeón del fútbol argentino. 

 

Su metro ochenta y cinco, sumado a su vozarrón y actitud siempre dominante, convertían a Pipo Rossi en el sostén de los siempre ultra ofensivos equipos que le tocó integrar. Un volante central clásico, de corte, toque corto, juego aéreo y aceptable remate de larga distancia. Néstor Raúl Rossi fue, ante todo, un líder innato, un organizador de equipos y de grupos. Lo que más tarde se ha descrito como "Un técnico dentro de la cancha".  

Debutó en River Plate en 1945 y fue sostén defensivo y anímico de un equipo emblemático que empezaba a apagarse, la famosa "Máquina" riverplatense. En Núñez ganó siete títulos en sus dos etapas aunque, llamativamente, lo más destacado de su carrera se vio en el multiestelar Millonarios de Bogotá de los 50. Club con el que también sería multicampeón. 

Ganó dos titulos de la Copa América y jugó el Mundial de Suecia con la Selección Argentina.  

 

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El 30 de marzo de 1952, Millonarios visitó el Santiago Bernabeu y enfrentó al local en medio del torneo Bodas de Plata del Real Madrid. Pipo Rossi, sosteniendo desde la mitad de cancha a un ataque comandado por Di Stéfano y Pedernera, tuvo una actuación tan brillante que, al finalizar el partido, la institución blanca lo tentó para incorporarse como refuerzo. Rossi agradeció y desistió, eligió quedarse en una Bogotá que se había transformado en su casa. 

 

Dicen que para ser un futbolista distintivo en la historia del fútbol argentino hay que ser zurdo. Y si esa zurda es capaz de dibujar parábolas impredecibles para lograr que la pelota termine en los pies del compañero mejor ubicado en ángulos inverosímiles de los arcos rivales, el combo será completo. Ese tipo de zurda tenía el Bambino Veira, sumada a un magnífico panorama para encontrar siempre el mejor pase. en corto o largo y una gambeta corta imprevisible y ofensiva. Estilizado, de piernas largas y muy delgadas,  Veira gambeteaba siempre hacia adelante y buscando lastimar al rival.

Debutó en San Lorenzo, en 1964, e integró el mítico equipo de Los Carasucias, un conjunto que jugaba tan bien que realizaba interminables giras por Europa para exhibir su calidad. Esos agotadores viajes acabaron incidiendo para evitar que ese excepcional conjunto tuviera la posibilitad de ser campeón local. Veira debió esperar hasta 1968 para dar una vuelta olímpica con la camiseta azulgrana y sería formando parte de otra recordada formación cuerva, Los Matadores de Tim. Sorpresivamente, en 1970,  Veira cruzó de vereda y pasó a ser figura en Huracán. Apenas un año le bastó para dejar su marca en el Globo y emigrar al Santos Laguna, donde también es recordado como figura preponderante. Más tarde deambuló por otros clubes dejando solo destellos, con un buen año incluido en el Sevilla. Su poco apego por el cuidado profesional lo llevó a sufrir permanentes lesiones que le impidieron brillar aún más.

Una fuerte lesión de rodilla le impidió ser parte del plantel argentino que jugó el Mundial de Inglaterra.   

 

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El 5 de noviembre de 1967, San Lorenzo recibía a Boca por la novena fecha del Campeonato Nacional en el Gasómetro. A solo 5 minutos de iniciado el encuentro, Héctor Rodolfo Veira bate a Antonio Roma con un espectacular tiro libre, siete minutos más tarde, el Bambino dibuja otra perla de colección con otro chanfle perfecto al ángulo, 2-0. A los 33, siempre en el primer tiempo, pone de cabeza el 3-0 y apenas un minuto después, toca entrando como centrodelantero para poner el 4-0.

Cuatro goles de un mismo futbolista, en un clásico y en menos de media hora. Cuatro que pudieron ser cinco si el árbitro Miguel Ángel Comesaña no le anulaba un gol lícito, promediando la segunda parte.  

 

El fútbol argentino tiene mojones bien instalados en su historia, marcas claras, señales que interrumpen el recorrido y obligan a prestar atención, a entender que hacen allí.

El salto del amateurismo al profesionalismo, la explosión de Di Stéfano en el Real Madrid, el primer mundial ganado, la era Maradona, hasta llegar a  la era Messi como temporalmente última y más visible estación.

Uno de esos mojones que señalizan "revoluciones" claras, quiebres determinantes en el desarrollo de este juego fue la llegada de Adolfo Pedernera a la primera división del fútbol argentino, más precisamente en River Plate. 

Para cuestiones técnicas, mejor copiar y pegar esta descripción del maestro Félix Daniel Frascara: "Lo excepcional se revela en esos rasgos de permanente innovación. Todos, hasta los cracks de más prestigio y más alta cotización, jugaban de un modo determinado; Pedernera jugó de otra manera, tuvo la inspiración del inventor y la arrogancia del estratega, la ocurrencia del chiquilín astuto y la resolución del hombre dominante. La destreza, la habilidad, la experiencia, la fuerza, la resistencia, la velocidad, el conjunto todo de sus condiciones personales lo puso al servicio de su inteligencia. Y de esa inteligencia hizo brotar el don que le confirió eficacia decisiva: La autoridad, la ascendencia".  

El Maestro lideró La Máquina riverplatense hasta 1946, tras debutar en 1935, y en ese lapso ganó 15 títulos, pasó por Atlanta y Huracán antes de recalar en el impactante Millonarios del primer lustro de los 50, Pedernera fue el líder de la "Era Dorada" del fútbol colombiano, marcando un antes y un después también en ese medio.

Ya han pasado por aquí varios, y seguirán pasando, futbolistas que fueron contemporáneos con la segunda guerra mundial -y la consecuente suspensión de los mundiales 42 y 46- y la deserción argentina a Brasil 50. Tres mundiales en los que Argentina, jugando con la imaginación, podría haber tenido equipos de excepción. Nunca antes ni nunca después coincidió tal constelación de estrellas. Esos equipos seguramente hubieran sido liderados por Pedernera, que ganó tres Copas América con la Selección Argentina.   

 

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Durante parte de los meses de enero y febrero de 1946 se jugó la 19ª edición del Campeonato Sudamericano de Selecciones, la antigua Copa América. Adolfo Alfredo Pedernera fue la figura descollante de aquella competición, destacándose en los cinco partidos jugados por Argentina, todos ellos terminados en victoria.  

 

Desde muy joven se veía en el Ratón Ayala que era un predestinado a dejar una huella en el fútbol internacional. Dueño de una inusual velocidad de traslado para un defensor, lo que le permitía llegar a cierres casi imposibles, su fuerza de piernas y capacidad de salto, aún sin ser demasiado alto, le permitían ser infalible en el juego aéreo más una personalidad arrolladora para convertirse en líder de cada uno de los equipos que integró.

Se inició en Ferro Carril Oeste y apenas dos años después del debut pasó a River. Solo una temporada en Núñez le bastó para ganar el apertura 94 antes de emigrar al Napoli, sus destacadas actuaciones le permitieron dar el salto al AC Milan, no alcanzó a afirmarse y encontró su lugar en el mundo en el Valencia, el club Ché vio al mejor Roberto Ayala, fueron siete años, dos ligas, una UEFA y una Supercopa de España ganadas. Fugaces pasos por el Zaragoza y Racing Club de Avellaneda le pusieron fin a su carrera.

Es el cuarto jugador con más partidos en la Selección Argentina, fueron 115 partidos -63 de ellos como capitán-. con tres mundiales y cuatro copas América entre sus presentaciones más relevantes.

 

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El 19 de mayo de 2004, en el Estadio Ullevi de Gotemburgo. El Valencia enfrenta al Olympique de Marsella por la final de la Copa UEFA. El equipo español vence por 2-0 y se consagra campeón tras una actuación descollante de Roberto Fabián Ayala, anuló a Didier Drogba y fue elegido como la figura del partido.

 

Mientras pensaba en como describir las cualidades futbolísticas de Claudio Borghi recordé, casi de inmediato, a aquellos veteranos rosarinos que me relataban con lujo de detalles las destrezas y hazañas que el Trinche Carlovich era capaz de realizar. Me alivió un poco saber que hay un buen número de imágenes en vídeo del Bichi como para respaldar el breve relato que viene a continuación. 

El más vago de los alquimistas. Tenía tanta calidad que parecía maniobrar y encontrar los efectos más indescifrables con cierto desprecio. Habitaba en el Bichi cierto desdén al servicio de la belleza, un encantador de la pelota, bastaba con verlo controlar algún pase impreciso o un balón dando piques caprichosos en los pantanales argentinos de mediados de los 80 para entender que Borghi conseguía que la pelota se sumiera a sus pies, que se entregara al mullido algodón de sus botines.

El Bichi en estado más puro solo se vio en sus seis años de Argentinos Juniors, era el Borghi que parecía llegar para disputarle el trono de mejor del mundo a Diego Maradona. Pero el propio Borghi no quería saber nada de disputas ni tronos, podría haber sido más de lo que quiso ser, quiso ser lo que fue, un flaco que se divertía jugando a la pelota.

Con el Bicho de La Paternal ganó dos títulos nacionales, la Libertadores y la Interamericana. Deslumbró a Silvio Berlusconi y se fue al AC Milan para comenzar un zigzagueante derrotero por canchas de Italia, Argentina y México. Sin volver a ser nunca aquel Bichi de La Paternal, aunque en Santiago de Chile encontró su lugar en el mundo. Su lugar para vivir y cerrar su carrera entregando flashes de lo que alguna vez fue. 

Es uno de los 43 argentinos que ganaron la Copa del Mundo, fue parte del mítico plantel que triunfó en México 86.  

 

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El 8 de diciembre de 1985 se jugó uno de los más bellos partidos de fútbol de todos los tiempos, fue en el Estadio Nacional de Tokio con la Copa Intercontinental en disputa. Hubo un empate 2-2 entre la Juventus de Turín y Argentinos Juniors tras 120 minutos de una pureza estética difícil de imitar. Hubo una definición por penales que le dio la copa a la Vecchia Signora y hubo un flaquito desgarbado que deslumbró al mundo al jugar un partido cargado de malabares de su estilo, ese flaquito era el Bichi Claudio Daniel Borghi. 

 

Una cintura que se quiebra, un defensor que queda en ridículo, un pase justo y una definición improbable. Características que destacan a varios de los jugadores que está desfilando por este alocado ránking y de las que uno de los máximos exponentes es este jujeño de Ledesma.

Ariel Arnaldo Ortega no trasladaba la pelota, la sacaba a pasear y, mientras tanto, sacaba a pasear a sus rivales. Su estilo es un emblema del más puro potrero argentino, nacido puntero derecho, pronto se adaptó a jugar por todo el frente de ataque y también de enganche. Su intuición lo llevaba a encontrar siempre el sitio justo desde el que podía desequilibrar a las defensas rivales.

Sus tres ciclos en River, su casa, le permitieron alzarse con seis títulos locales y la Copa Libertadores de 1996. En Europa jugó en el Valencia, Sampdoria, Parma y Fenerbahce. Fue campeón también Con Newell´s Old Boys. 

Jugó tres mundiales con la Selección Argentina siendo el heredero natural y legítimo del mítico dorsal 10 que había portado Diego Armando Maradona.

 

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El 30 de junio de 1998, en Saint-Etienne, Argentina e Inglaterra se enfrentaron en un cruce de octavos de final por el Mundial de Francia. Fue 2-2 y triunfo por penales albiceleste pero el Burrito Ariel Ortega quedó en el recuerdo tras una exhibición del más puro bagaje de recursos técnicos de los que disponía el jujeño.    

 

Ya pasamos, en este mismo espacio, por Roberto Telch y lo describimos como un adelantado a su tiempo en cuanto a sus cualidades para desarrollar la función del mediocampista moderno, total. Pero el futuro ya llegó, hace rato, y ese futuro está representado por Juan Sebastián Verón. 

Completo, capaz de ser eje del abanico defensivo en la mitad de cancha hasta recuperar casi siempre por la corrección del posicionamiento táctico y, una vez hecho con el balón, decidir cada etapa de la transición ofensiva, juego en corto y asociado, juego largo, remate de media distancia y dominio de la pelota parada. La Bruja tenía una máquina del tiempo capaz de modificar las velocidades a las que desarrollaban los partidos en los que jugaba.

De la escuela de Estudiantes de La Plata, muy pronto pasó al Boca de Bilardo y Maradona, el pasó por La Bombonera fue fugaz y lo catapultó a Europa. Sampdoria, Parma, con el que ganó Copa Italia y Copa UEFA. La brillante Lazio del 2000 para ganar tres títulos locales y la Supercopa de Europa. Es su nivel en esa Lazio el que le permite saltar al galáctico Manchester United de Ferguson campeón de la Premier en 2003, antes de llegar al Chelsea, dos años en el Inter con cuatro títulos incluidos y retornar para ser  dos veces campéon local y conseguir la Copa Libertadores en su casa, Estudiantes.

Jugó tres mundiales con la camiseta de la Selección Argentina.   

 

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El 15 de julio de 2009, se jugó la segunda final de la Copa Libertadores en el Mineirao de Belo Horizonte. Estudiantes visitaba al Cruzeiro tras haber igualado 0-0 en La Plata. El Pincha venció dos a uno y consiguió la Copa Libertadores en un partido en el que la Brujita Verón fue amo y señor del juego y sus consecuencias. 

 

Estilizado, fino, dúctil, carismático, implacable de cara a gol. Definiendo de derecha, de zurda o de cabeza con la misma eficacia. Pero Angelillo no era solo un 9 de área, capaz de retroceder para ser parte de la elaboración y con un  peculiar talento para dominar la pelota con el pecho. Antonio Valentín Angelillo hacia malabares en el aire, jueguitos en pleno partido.

Nave de avanzada en esto que hoy es tan habitual: Emigrar muy joven a Europa. Con solo 20 años, tras debutar en Racing y explotar en Boca, Angelillo ya estaba en el Inter, con el Neroazzurro consiguió marcar 33 goles en 33 partidos de Serie A en la temporada 58-59, dejando establecido un récord mientras en la liga italiana jugaron 18 equipos. Pasó a la Roma para ganar la Copa Italia y más tarde sumó un Scudetto con el AC Milan.

Fue parte de los Ángeles Carasucias que ganaron el Sudamericano de 1957, compartiendo una icónica delantera con Corbatta, Maschio, Sívori y Cruz. Tiene un gol por partido de promedio con la Selección Argentina. Jugó también en la selección italiana. 

 

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El 28 de marzo de 1957, los "Ángeles Carasucias" de la Selección Argentina baten por 6-2 a Chile en el Estadio Nacional de Lima. En medio de la exhibición general, Antonio Valentín Angelillo brilló con luz propia, jugando, haciendo jugar y marcando dos goles.

 

 

 

 

 

 

 

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November 15, 2019

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