Emiratos Arabes Unidos

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LOS 100. Puestos 80 al 71

"No se puede hacer nada sin pasión, yo aprendí jugando en los potreros y mirando a los grandes. Si uno no está enamorado de lo que hace no sirve para nada". De las palabras del propio Pepé Santoro se desprende la emoción basal que le permitió transformarse en lo que fue. Pasión, confirma Pepé, pasión por Independiente, club con el que ganó 4 torneos nacionales y 8 internacionales, pasión por la Selección Argentina, con la que participó del Mundial 74 y pasión por el juego, en el que se destacó a partir de su sobriedad, su don de mando hacia su línea defensiva y su desarrollada capacidad para atenazar los centros más complicados y evitar esos rebotes siempre tan traicioneros. Esa fuerza de brazos y dedos la adquirió ajustando tornillos y bulones en el taller mecánico de su padre.

 

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En agosto del 64 se jugaron las finales de la Copa Libertadores de América entre Independiente y Nacional de Montevideo, la ida fue en el Estadio Centenario y sus propios compañeros afirman que la actuación de Santoro fue la responsable de que el partido terminase 0-0. En la vuelta, Pepé volvió a sostener su arco en cero, Mariulo Rodríguez consiguió el único tanto de esas finales y el Rojo de Avellaneda conseguía así su primer máximo trofeo continental. Santoro sería el arquero de otros tres festejos de Independiente en la Copa Libertadores.  

 

Fue a probarse como volante central y quedó como lateral izquierdo, más tarde sería un polifuncional capaz de ocupar cualquiera de los cuatro puestos de la defensa. Algo más alto que el promedio de laterales de la época, el Conejo comenzó a destacarse en Boca a partir de sus profusos rulos, su delgadez y depurada técnica para conducir, siendo derecho volcado a la izquierda, y su solvencia en el mano a mano.

Desandando el camino del Beto Menéndez, fue campeón local y de América con Boca y doble campeón local con River, el segundo título, el Nacional del 81, fue con aquel River galáctico en el que compartía equipo con Fillol, Kempes, Passarella y era dirigido por Don Alfredo Di Stéfano.

Se metió entre los titulares del Mundial 78 favorecido por la deserción de Jorge Carrascosa y no defraudó, fue uno de los puntales en los que se sostuvo el primer título mundial para Argentina. También jugó el Mundial de España.

Tras dejar River, firmó para ser parte del Barcelona de Maradona y Schuster, pero una reforma reglamentaria -se bajó el cupo de tres a dos a extranjeros- lo devió hacia Francia, donde completó su carrera ya afirmado como un eximio primer central.

 

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El 21 de junio de 1978, Argentina estaba obligada a ganarle por 4 goles a Perú para alcanzar la final del mundo. El Conejo no solía ir a buscar las pelotas quietas al arco de enfrente, pero tuvo una intuición, cruzó la cancha, cabeceó un córner y puso el 2-0 que encaminaba el resultado final. Terminó festejando el gol de cara a la junta militar que ocupaba un palco, insultándolos a los gritos. 

 

"Fina estampa, caballero. Caballero de fina estampa". Dice la letra de esta canción de Chabuca grande que le quedaría de perillas como banda de sonido a la carrera de Jorge Mario Olguín.

Formado como marcador central, Osvaldo Zubeldía lo hizo titular en San Lorenzo como lateral izquierdo, siete años más tarde, sería campeón del mundo con Argentina jugando como lateral derecho. En el Ciclón jugó ocho años y ganó tres títulos.

Similar al caso de Tarantini en cuanto a polifuncionalidad, más tarde pasó a Independiente para formar pareja de centrales con Hugo Villaverde, pero con los Rojos llego a jugar también de volante central, todo a partir de su solvencia, su ductilidad con la pelota, su pegada para pelotas paradas, Olguín fue un jugador total, completo. Por supuesto, en Independiente también fue campeón.

Fue pieza clave del lujoso Argentinos campeón de América en el 85 y jugó dos mundiales para Argentina

   

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En octubre de 1985 se disputaron tres cerradísimas finales entre Argentinos Juniors y el América de Cali de Falcioni, Willington Ortiz, Gareca y Cabañas. Jorge Olguín fue titular en los tres partidos, fundamental por su solidez y personalidad, hasta terminar ejecutando el primer penal de la serie que le daba a los Bichos Colorados el único título continental de su historia. 

 

Mágico, Márcico, Márcico, Mágico. Repetir rápido ambas palabras a modo de trabalenguas que termina por fusionarse en una mismo vocablo es un buen ejercicio para describir a un exquisito, distinguido, guapo y con alma de tango, todo bien a la argentina.

Gen de Barracas aunque una voltereta del destino le haya montado su primer cuna en Corrientes, terminaría afrancesado durante sus descollantes siete años en el Toulouse.

A su innata capacidad para gambetear en una baldosa sin quitar la vista de la pelota, habilitar siempre al delantero mejor ubicado para definir o poner el culo como escudo protector a la hora de cuidar pelotas contra una línea, se le sumó un guiño de la buena fortuna al ser recibido en primera división por el Maestro Carlos Griguol en el mejor Ferro de todos los tiempos. 

Un bon vivant necesitaba de ciertos ajustes correctores de estilo si era que estaba decidido a ser el reemplazante de otro crack verdolaga de esa era, el uruguayo Julio César Jiménez.

Y Griguol lo supo llevar a la gloria en ese Ferro que no concentraba, el Beto fue un precursor del falso 9, al arrancar desde la posición de centrodelantero para terminar desconcertando a las defensas rivales al bajar para juntarse con Adolfino Cañete para organizar el impredecible juego de ese equipazo.

Formó parte del ciclo Bilardo aunque se quedó en la puerta de jugar un mundial con Argentina.

Fue campeón dos veces con ese Ferro y, tras volver de Francia, también supo ser ídolo del Boca campeón del 92 y de Gimnasia, antes de cerrar su enorme carrera. 

 

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El 24 de mayo de 1984 se jugó la primera final del Campeonato Nacional, Ferro visitaba a River en el Monumental y desplegó una de las más brillantes exhibiciones futboleras de esa era, fue 3-0 final y Alberto José Márcico jugó el partido más brillante de su carrera. La vuelta casi sobraba aunque fue 1-0 en Caballito.  

 

Si al fútbol se pudiese jugar  vestido de esmoquin, moño, galera y zapatos de charol, así lo hubiera jugado Sacchi. Defensor central muy alto, espigado, atlético, su siempre prolijo peinado blondo que brillaba al sol. Acaso esos deslumbrantes destellos fueran los que hipnotizaban a esos delanteros rivales que veían como Federico les birlaba la pelota de los pies, son pocos los que lo vieron cometer un foul.

Rosarino de cuna leprosa, tras dos años en el Parque se mudó a Avellaneda para ser vital en el Racing del 61. Más tarde fue campeón también con Boca y su carrera se truncó demasiado pronto, "El Universitario" debió abandonar la profesión antes de los 30 años por culpa de una rotura de ligamentos.

Jugó el Mundial de Chile con la camiseta de la Selección Argentina.

 

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En 1964, Boca y Racing  se enfrentaron en La Bombonera, el local venció por 3-1 pero la actuación de Federico Sacchi -todavía en Racing- alcanzó tal nivel que la hinchada xeneize le regaló una estruendosa ovación. Ovación que lo catapultaría a la institución de La Ribera al año siguiente. 

 

"Argentina nos ha enviado grandes jugadores, pero Luisito Monti fue diferente a todos los demás. Fue muchos jugadores en uno, varios puestos en un mismo puesto. Varios corazones en un mismo cuerpo". El ex director de Tutto Sport  e historiador de la Juventus, el italiano Giglio Panza, no duda a la hora de describir a Doble Ancho Monti.  

De portentoso físico y partiendo desde la posición de volante central, Monti colaboraba en defensa y comandaba ataques, al punto de terminar convirtiendo muchos goles en su carrera.

Nacido en Escobar y formado en Huracán, Monti debutó en el Globo antes de jugar ocho años en San Lorenzo y otros ocho en la Juventus de Turín.

Conserva un récord que, de no cambiar las reglas, será suyo in aeternum, jugó dos finales del mundo con dos selecciones diferentes, con Argentina en 1930 y con Italia en 1934.

 

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El 15 de julio de 1930, Luis Monti anotó el primer gol de la Selección Argentina en la historia de los mundiales de fútbol. Fue en el Estadio del Parque Central de Montevideo, Monti batió al arquero Alex Thepot mediante un preciso tiro libre, a nueve minutos del final, y ese tanto alcanzó para que Argentina derrote a Francia en su debut mundialista..

 

"¿A dónde va la gente? ¡A ver a Don Vicente!", cantaban los hinchas de Independiente, ante la atenta mirada de neutrales que también pagaban su entrada, solo para ver jugar a Capote.

Este rosarino que debutó en Central Córdoba antes de jugar 13 años, ganado títulos varios, en el Rojo de Avellaneda, se destacaba por la cualidad que mejor identifica la filosofía del fútbol argentino: La gambeta.

Arrancando como interno o puntero derecho, De La Mata dibujaba slaloms zigzaguentes e indescifrables hasta terminar siempre cerca del arco rival, sea para terminar en un asistencia o definiendo per sé, tanto definía que se mantiene como el tercer goleador en la historia roja.  

Se retiró jugando en Newell´s pero antes también ganó tres títulos continentales con la Selección Argentina, los de 1937, 45 y 46.

 

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El 12 de octubre de 1939, jugaban River e Independiente, los equipos top del momento, el arquero rojo, Fernando Bello, ubicó a Capote justo en mitad de cancha, pegado a la raya derecha. Vicente controló y dejó en el camino a Moreno, comenzó a correr con pelota dominada de derecha a izquierda, eludió también a Minella, Vassini y Santamaría. Ya en el área, volcado bien a la izquierda, quebró la cintura para dejar atrás a Cuello pero pareció quedarse sin ángulo y ya tenía otra vez encima a Santamaría que lo cerraba, no le importó y disparó con su pierna menos hábil, la zurda, sorprendiendo al arquero Sirne que esperaba un pase atrás hacia Arsenio Erico. Independiente ganó 3-2 y se encaminó hacia su segundo título consecutivo. Pero eso ya no importaba tanto como que Vicente De La Mata había conseguido uno de los goles más extraordinarios de la historia del fútbol mundial. 

 

"Le metió pimienta", gritaban los relatores de la época, "Es picante", insisten los modernos. Ambas descripciones son sinónimos que se aúnan hasta describir a la perfección el juego de Pinino Más.

Nació futbolísticamente en River y River fue su casa, se dio el gusto de jugar un año en el Real Madrid pero volvió, los ídolos siempre vuelven.

Muy bajito y escurridizo, capaz de desbordar en un metro y meter sin dilaciones el centro de la muerte para que algún compañero o desafortunado rival la empujara al arco. Pero, sin dudas, la gran capacidad del zurdo de Villa Ballester era su olfato goleador, estaba siempre donde tenía que estar, siempre para encontrar el resquicio justo para que sus remates, aún con poco espacio para la carrera o preparar el tiro, terminaran en gol. Su víctima favorita era siempre el clásico rival, al punto de que es todavía el segundo goleador oficial en la historia del Superclásico del fútbol argentino.

También conocido como "El Mono", Oscar Tomás Más jugó el Mundial de Inglaterra con la Selección Argentina..

 

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El 3 de abril de 1966, Boca Juniors recibía a River Plate en La Bombonera, Pinino batió por partida doble a Antonio Roma, el partido terminó 3-1 y Oscar Más empezaba a meterse para siempre en el selecto panteón de ídolos de la historia riverplatense..    

 

Yo, cuando mejor estoy, cuando mejor juego, es cuando tengo la camiseta argentina puesta", dice Quique Wolff y el periodista Esteban Peicovich lo describe a pura poesía: "Le tiembla la celeste y blanca en los ojos cuando habla de la Selección". 

Fue delantero en inferiores pero Juan José Pizzuti lo convirtió en marcador lateral derecho al promoverlo a la primera división de un Racing que no se cansaba de ganar cosas, promediando 1967. La técnica adquirida en su puesto formativo fue fundamental para que Wolff terminara jugando también como volante, defensor central o líbero. Correcto en el mano a mano, nunca sintió del todo aquello de ser un marcador convencional y se destacó por su capacidad para desdoblarse a zona de ataque y colaborar en la gestación de juego.

Tras cinco temporadas en la Academia tuvo un fugaz paso por River antes de emigrar a Europa, ser ídolo en Las Palmas y recalar en el galáctico Real Madrid de fines de los 70, con los merengues ganó dos ligas y volvió para ser compañero de Maradona en Argentinos antes de finalizar su carrera en Tigre. Jugó el Mundial de 1974 con su amada Selección Argentina.

 

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El 14 de febrero de 1973, en el Estadio Olímpico de Múnich, la Selección Argentina venció al local, inminente campeón del mundo, por 3-2. Enrique Ernesto Wolff jugó un partido descollante como lateral derecho.

 

En medio de una época en la que el grueso de los volantes centrales argentinos destacaban y se caracterizaban por el fervor, la pierna fuerte, el despliegue y cierta necesaria "cara de malo", surgió como novedad una cuota de distinción que parecía importada de algún otro fútbol acaso más desarrollado. Esa cuota de distinción "a la europea" vino a ponerla Claudio Oscar Marangoni desde su debut en Chacarita Juniors.

Un mediocentro fino, alto, con un sorprendente sentido de la distribución de la pelota y ubicación estratégica. De cierta lentitud aparente, se las arreglaba siempre para estar en el sitio indicado, incluso en las áreas, tan capaz de defender de cabeza en la propia como de definir por la misma vía o a través de sus potente remates de media y larga distancia en la contraria, área hasta la que era capaz también de llegar combinando con volantes ofensivos y delanteros para definir o asistir siempre bien cerca del arco rival.

El deslumbramiento que produjo en Chacarita le permitió saltar a San Lorenzo, primero, y al Sunderland inglés después. Tras un breve paso por Huracán llegó lo mejor de su carrera en Independiente, club con el cual ganó campeonato, Copa Libertadores e Intercontinental. Cerró su carrera ganando la Supercopa de 1988 con Boca Juniors. Tolo Gallego, primero, y Sergio Batista, más tarde, le "impidieron" a Maranga jugar un mundial con la Selección Argentina.

 

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El 9 de diciembre de 1984, en medio de un clima enrarecido por la reciente guerra de Malvinas, Independiente enfrentó en el Estadio Nacional de Tokio al Liverpool de Inglaterra, El Rojo de Avellaneda se puso rápidamente en ventaja y entonces se dispuso a controlar el balón, casi todas las maniobras de posesión pasaron por los pies de un Claudio Marangoni que jugaría uno de los partidos más destacados de su carrera.

 

 

 

 

 

 

 

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November 15, 2019

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