Emiratos Arabes Unidos

©2018 por Rashid Garcia. Todos los derechos reservados

Yo quería ver a Messi

Diciembre es el mes de las noches más bonitas en Dubai, el calor intenso ya se despidió del todo y todavía no hay noches tan frías como las que sobrevienen luego, entre enero y febrero.

 

Y no por normal dejaba de ser preciosa aquella noche del miércoles 21 de diciembre del 2011. La jornada de entrenamiento de Al Wasl ya había comenzado en el estadio Zabeel, Diego Maradona alistaba su tropa de cara al compromiso del viernes, ni más ni menos que Al Nasr, el rival clásico del Emirato, visitaría al Emperador y una treintena de hinchas se acomodaron en la platea del pequeño estadio con el fin de animar a los suyos. 

 

Yo cumplía mi rutina, acompañé a Diego del vestuario hasta la linea lateral del campo y, desde ahí y por una pequeña reja de acceso a la tribuna, subí 5 o 6 escalones hasta apoltronarme en soledad en una de las butacas plásticas, encender un Gold Leaf y disfrutar de los trabajos del equipo. Maradona siempre tenía algo nuevo para ofrecer y tenía que estar atento.

 

Ya había transcurrido un rato, media hora quizás, desde el inicio de la sesión cuando percibí una presencia a mis espaldas, procuré mantenerme concentrado en el campo pero la conversación en "argentino" me dispersó. No era de sorprender que algún compatriota, turista o residente, se acercara al club en busca de una foto o un autógrafo de Diego, así que le resté importancia al asunto y mantuve la vista fija en los movimientos de Maradona y el equipo.  

 

Sentí la mano en el hombro y un tímido "hola", giré y un muchacho de unos 35 años, enfundado en una impecable camiseta argentina con el número 10, marca Adidas y modelo mundial 94, de las que ya tenían el número en el pecho, comenzó el diálogo con una pregunta:

- ¿Vos sos Rashid?

- Sí, hola

- Me dijeron afuera que te buscara, que sos argentino y trabajás acá, vine con la familia a ver si se podrá saludar a Diego... ¿Se podrá?

- Seguro que sí, en cuanto termina el entrenamiento, bajamos. 

 

Completó con un ya encendido "¡Buenísimo!" y enseguida me contó que se llamaba Agustín, que era ingeniero mecánico, oriundo de Goya y que era residente en Dubai, empleado de Tenaris en una planta productora de caños para petróleo. Entre Agustín y su esposa me siguieron contando detalles de la vida familiar, seguramente buscando asegurar el objetivo, habían encontrado un atajo y no lo iban a dejar escapar.

 

La familia se completaba con su esposa Gisela, también con una elegante remera argentina de vestir, cuello en V, la simpática Luciana, de unos 11 años y Tiago, que parecía estar en otro mundo.

 

Tendría 3, acaso 4 años, el flequillo rubio que casi le tapaba los ojos enojados y esos mofletes rosados que tientan al pellizco odioso.   

 

Casi sin moverse, manteniendo la mirada perdida en un horizonte de pensamientos indeterminados y apenas jugando con sus dedos nerviosos. En un momento quise congraciarme, un saludo y una sonrisa para romper el hielo pero nada, el tipo estaba a punto caramelo para un arranque de ira. Pensé en que tal vez habría recibido alguna promesa incumplida: Una hamburguesa en McDonalds, una visita al cine para ver la recién estrenada Cars 2 o tal vez un paseo por Global Village, el polo turístico que por esos días anunciaba la presencia de Ben 10 en persona. 

 

A Luciana y Tiago los habían vestido, también, con camisetas de la selección argentina, pero para ellos se notaba que habían sido compradas de apuro, flamantes y para la ocasión, sin marca ni número, seguramente de las que venden en la feria de Karama. Por lo intenso y ancho del celeste de las barras parecían camisetas de Racing, pensé.

 

Y hasta eso parecía molestarle a Tiago, estiraba la camiseta y la miraba ensimismado, en un momento levantó la vista hacia la cancha en donde ya los arqueros eran probados por la eterna precisión de Diego pero, al no encontrar tampoco ahí sus respuestas, volvíó a concentrarse en vaya y uno a saber qué.

 

El entrenamiento terminó cerca de las nueve, los jugadores corrían al vestuario mientras Diego se quedó conversando con el Negro Enrique y el Profe Vilamitjana en el círculo central, los hinchas locales emprendían también la retirada cuando me di vuelta y le dije a Agustín la única palabra que él esperaba escuchar en ese momento: "Vamos".

 

Al pibe de Goya se le humedecieron los ojos antes de tiempo, Gisela lanzó una carcajada de alegría, sabedora de que el sueño de su marido estaba a punto de cumplirse, mientras Luciana erguía su espalda al tomar a su papá de la mano. 

 

A Tiago lo perdí de vista. 

 

Yo fui confiado por contar con una buena señal previa: Maradona estaba de buen talante y habíamos estado hablando de sus planes para Navidad en el vestuario, previo al inicio de los trabajos. Casi nunca se negaba a una foto o un saludo pero, cuando el humor no acompañaba, la cosas podían no salir del todo redondas y ese día no era ese caso.

 

Despacito nos fuimos metiendo en la cancha, Diego me observó con detenimiento y aproveché que me pedía que le sostuviera los botines para explicarle:

- "Estos chicos son argentinos, se hicieron un viaje muy largo por una foto". Le mentí un poco.

- "Dale!", repondió el 10. 

 

Yo di cinco pasos hacia atrás y le pedí el teléfono a Agustín, ya sabía de estos momentos y tenía claro que no podía fallar, buscar rápido la cámara del móvil y sacar todas las imágenes posibles, encontrando el mejor ángulo ni perder el foco. 

 

Agustín temblaba y lloraba de emoción, abrazó a Diego y le contó cosas que no por repetidas dejan de resultar siempre hermosas. La forma de agradecer de un maradoniano suele ser única, ellos saben que la chance es solo una y sueltan frases hechas. 

 

Maravillosas, vibrantes y emocionantes frases hechas.

 

Yo me sentía satisfecho, había disparado 7 u 8 veces y tenía claro que Agustín iba a conseguir de entre esas fotos alguna imagen imperecedera, de esas que se hacen cuadro y perfil de todas las redes sociales creadas y por crear. 

 

Pero Maradona mantenía la sonrisa y permitió que Agustín convoque al resto del grupo para un póster familiar.  

 

Gisela le alcanzó su celular al Negro Enrique, que se paró como doble 5, a mi lado para conseguir más tomas, Luciana corrió, le dio un beso a Diego y le dejó un simpático -"Hola, Señor Maradona", mostrando que había sido bien instruída para el momento. 

 

Pero faltaba Tiago, su mamá lanzó un alarido al verlo en el mismo lugar, no se había movido de la butaca en la platea y esta vez sus ojos estaban clavados en el piso, como el hincha de un equipo vencido que, tras el partido, busca respuestas en sus propios zapatos. 

 

- "Tiago, vení para acá!", gritaron, al unísono, sus papás.

 

Y el regordete del flequillo rubio, los mofletes rosados y la mirada enojada, bajó con cansina dificultad los cinco escalones, se metió en la cancha y a dos metros de la piña que ya habían formado su hermana mayor, su mamá, su papá y Diego Armando Maradona, pronunció sus primeras palabras de la noche, con esa preciosa honestidad que los nenes suelen tener, soltó en voz alta y clara:

 

- "Yo quería ver a Messi"

 

Alguna vez, un profe me dijo que un buen periodista es capaz de ver muchas cosas pasando en poco tiempo y saber luego ordenarlas por prioridad. En los tres segundos siguientes a la frase de Tiago, yo pude ver el rostro de desilusión de Agustín, el maternal gesto de enojo de Gisela, los hombros fruncidos y las manos en jarra de Luciana, en ese clásico gesto de "Lo hizo de nuevo" y a un Diego que empezaba a caminar hacia adelante.

 

Pero fui el primero en no poder evitar la carcajada, el estallido era inevitable y enseguida me siguió el Negro Enrique. Diego se acercó a Tiago, lo alzó en brazos mientras le besaba la cabeza y lo llevó en andas hasta el grupo familiar que no podía creer en nada de lo que estaba pasando. 

 

Mientras yo seguía sacando fotos sin parar, volví a pensar en lo bonitas que son las noches de diciembre en Dubai. 

Please reload

November 15, 2019

November 15, 2019

November 15, 2019

Please reload

Etiquetas